Una tarde de septiembre, en un hospital en las afueras de
la ciudad, sin saber cómo ni cuándo había llegado allí, Sandra despertó de un
largo sueño.
Un lunes a inicios de mayo a las seis menos cuarto como de
costumbre se levantó de la cama, entró y salió del baño vestida en un abrir y
cerrar de ojos, desayunó lo más rápido que pudo, tomó las cosas que utilizaría
ese día y salió camino a la universidad. Tenía el tiempo calculado diariamente con tal
precisión que suponía a las siete en punto estaría en el aula, sentada entre
sus compañeros esperando al profesor para la primera clase del día.
Sandra era una chica de unos 20 años, la menor de dos
hermanas, estatura promedio aunque era considerada de alta estatura entre su
familia, piel canela, pelo castaño
oscuro, rostro redondeado y muy
agradable, solían decir que era la más privilegiada de la familia. Estaba
cursando el cuarto semestre de la carrera de medicina, su objetivo era
doctorarse en los próximos cinco años
por lo que su día a día era una constante de estudios. No era una chica muy
social, aunque siempre estaba en contacto con sus compañeros y en ella existía
el afán preocuparse por los demás.
Aquella mañana eran las siete y ocho minutos cuando el
profesor entró al aula, el semestre estaba a punto de acabar, faltarían apenas
unas cuatro clases para dar por terminada la asignatura, una asignatura en la
cual hasta ese día la asistencia de Sandra era incuestionable, siempre estaba
allí, sentada en primera fila ante la llegada del profesor, por lo que su
ausencia llamó sobremanera la atención de todos los presentes.
Al despertar de aquel largo sueño Sandra se sentía
confundida, trató de incorporarse pero su cuerpo no le respondió, sentía que no
tenía fuerzas, su madre que no se había separado de su lado desde el día del
incidente, al ver que su hija reaccionaba se levantó del sillón en que se encontraba
junto a la cabecera de la cama y con una mezcla de ternura y cariño le susurró
al oído para que se calmara, como a aquellos niños que están a punto de
despertarse y la madre les susurra una canción de cuna para que vuelvan al
sueño sereno.
Esa mañana en que no llegó a clases, a las seis y cuarto
cerraba la puerta de su casa, descendía los tres escalones que separaban la
galería de la acera y caminó ciento veintisiete metros hasta llegar a la
primera esquina. Era una mañana cálida, de esas que preceden a la cuaresma y en
la que el sol saldría en los próximos veinte minutos, se podían escuchar los
perros de los patios ladrando como de costumbre, ya que el periódico era
repartido a esas horas, por lo que sin ninguna preocupación y como era habitual
siguió caminando hasta doblar la primera esquina.
En el aula sus compañeros preocupados ignorando porque no
había llegado enviaron insistentemente mensajes a su teléfono celular a fines
de que se manifestara, más sin embargo, luego de una hora y cuarenta minutos,
cuando la clase acababa sin ningún mensaje respondido decidieron llamar a su
número pero solo era contestado por el correo de voz.
Miró a su madre quien trataba de calmarle más no le
reconoció, su estado de confusión era tal que en pocos instantes volvió a caer
rendida y sin conciencia alguna. La próxima vez que despertó, se mantuvo alerta
por unos minutos, pero con más calma por el coctel de medicamentos que le habían
suministrado, se podía observar que su ojo derecho trataba de moverse de lado a
lado mientras buscaba reconocer aquel lugar que le resultaba extraño, hasta que
nueva vez cayó agotada al cabo de unos instantes.
En aquella esquina por donde acababa de doblar había un
negocio de venta de bebidas alcohólicas, durante las noches era frecuente la presencia
de personas del vecindario que se acercaban para refrescarse consumiendo
cervezas frías mientras se distraían con música a altos volúmenes, principalmente
los fines de semana, pero a aquella hora aquel negocio estaba cerrado y solo se
percibía el olor hediondo y nauseabundo a cerveza seca y fermentada de la que
se había sido derramada la noche anterior.
Cada día que pasaba permanecía más tiempo despierta e iba
recobrando el aliento de vida que parecía haber perdido en los meses anteriores
en que su cuerpo permanecía inerte. En un par de semanas ya podía comunicarse
con el habla, había recuperado el movimiento de los brazos, y parcialmente las
piernas, aunque la mantenían atada de brazos
y recostada en la cama todo el
tiempo, su reinserción en el mundo debía ser de manera gradual según las recomendaciones
médicas.
Tras pasar por el frente del negocio y percibiendo aquel
aroma nada agradable, de la entrada que daban hacia unas escaleras se escuchó
una voz gritar “Aurora”, al encontrarse tan próxima se asustó y trató de
identificar de que se trataba a la vez que sintió como algo líquido y frio alcanzaba su rostro, pero que se iba
transformando en picor y posterior ardor, un ardor como si su rostro se fuera
quemando y la piel se evaporara, sin poder ver, con los ojos afectados gritó tan
alto como pudo, y trató de correr instintivamente a casa, solo consiguiendo
caer al suelo y quedar inconsciente.
Su madre nunca olvidó la angustia de aquel día en que Sandra
se tocó el rostro y no lo reconoció al tacto, por lo que entre llanto y
desesperación sin la conciencia plena de su estado tomó fuerzas de donde no
había tenido en mucho tiempo, se levantó de la cama, y se dirigió al baño, para
colapsar en llanto hasta quedar sin fuerzas frente al espejo ante aquella trágica
imagen que ahora era su rostro. Había perdido el ojo izquierdo, las quemaduras
en su nariz eran tal que el cartílago no existía, y de los labios solo le quedaba la parte de
la comisura del lado derecho, todo lo demás de la parte izquierda de su cara
parecía una sola cicatriz que se extendía desde la parte superior del cráneo
hasta la barbilla, incluida la oreja, que aunque la conservaba, poseía los
vestigios del ataque del que fue víctima.
Sus compañeros al enterarse del incidente se encontraron tan
afligidos que hacían vigilias frente al
hospital, pero cada día que pasaba iban reduciendo su presencia debido a sus
responsabilidades y obligaciones. En un par de semanas Sandra era entre ellos
tan solo una referencia, una historia o un recuerdo.
Cuando volvió a despertar estaba postrada en una cama, le
habían suministrado tranquilizantes, y cuando estuvo lo suficientemente activa
y al recordar lo que había pasado un rato antes, muy lentamente fue levantando
su brazo derecho para tocar su rostro, más a unos escasos cinco centímetros de
tocarse la barbilla su madre en un rápido reaccionar se abalanzó sobre ella
deteniéndola y sosteniendo sus manos con tal fuerza y desesperación que estalló
en llanto sobre el pecho de su hija.
Tres veces a la semana venía el psicólogo a verle y no era
dejada sola en ningún momento, la bella joven universitaria y con un futuro
brillante era tan solo un vago recuerdo entre sus conocidos, su única compañía
era su madre quien solo se quitaba de su lado en los momentos que su hermana de
venía a visitarle.
Tras encontrar su cuerpo inconsciente sobre el pavimento uno
de los vecinos que escuchó los gritos avisó a su familia e inmediatamente la llevaron
al hospital, el barrio parecía despertarse y todo el mundo se preguntaba qué
había pasado, más nadie sabía nada, algunos rumoreaban que se trataba de un
ajuste de cuentas, pues ella solía llamar la atención de intereses ajenos en el
vecindario pero ninguna hipótesis era verificable y todo no era más que una
insensata conjetura.
Con varias semanas de terapia Sandra ya comenzaba a aceptar
su realidad, ya era capaz de verse al espejo y reconocer su nuevo rostro, todo
parecía avanzar progresivamente, hasta que un día, su madre salió en busca de
unas sábanas aprovechando que ella se había quedado dormida, pero cuando
regresó encontró a su hija tendida sobre la cama, con los brazos abiertos hacia
el exterior y desde donde se desprendían sus últimas gotas de vida, terminando
de pagar allí con su sangre el injusto precio que debió pagar Aurora y sin
saberse nunca siquiera quien fue el culpable de aquella desgracia.