martes, 13 de agosto de 2013

Aurora


Una tarde de septiembre, en un hospital en las afueras de la ciudad, sin saber cómo ni cuándo había llegado allí, Sandra despertó de un largo sueño.

Un lunes a inicios de mayo a las seis menos cuarto como de costumbre se levantó de la cama, entró y salió del baño vestida en un abrir y cerrar de ojos, desayunó lo más rápido que pudo, tomó las cosas que utilizaría ese día y salió camino a la universidad.  Tenía el tiempo calculado diariamente con tal precisión que suponía a las siete en punto estaría en el aula, sentada entre sus compañeros esperando al profesor para la primera clase del día.

Sandra era una chica de unos 20 años, la menor de dos hermanas, estatura promedio aunque era considerada de alta estatura entre su familia,  piel canela, pelo castaño oscuro, rostro redondeado y  muy agradable, solían decir que era la más privilegiada de la familia. Estaba cursando el cuarto semestre de la carrera de medicina, su objetivo era doctorarse en los  próximos cinco años por lo que su día a día era una constante de estudios. No era una chica muy social, aunque siempre estaba en contacto con sus compañeros y en ella existía el afán preocuparse por los demás.

Aquella mañana eran las siete y ocho minutos cuando el profesor entró al aula, el semestre estaba a punto de acabar, faltarían apenas unas cuatro clases para dar por terminada la asignatura, una asignatura en la cual hasta ese día la asistencia de Sandra era incuestionable, siempre estaba allí, sentada en primera fila ante la llegada del profesor, por lo que su ausencia llamó sobremanera la atención de todos los presentes.

Al despertar de aquel largo sueño Sandra se sentía confundida, trató de incorporarse pero su cuerpo no le respondió, sentía que no tenía fuerzas, su madre que no se había separado de su lado desde el día del incidente, al ver que su hija reaccionaba se levantó del sillón en que se encontraba junto a la cabecera de la cama y con una mezcla de ternura y cariño le susurró al oído para que se calmara, como a aquellos niños que están a punto de despertarse y la madre les susurra una canción de cuna para que vuelvan al sueño sereno.

Esa mañana en que no llegó a clases, a las seis y cuarto cerraba la puerta de su casa, descendía los tres escalones que separaban la galería de la acera y caminó ciento veintisiete metros hasta llegar a la primera esquina. Era una mañana cálida, de esas que preceden a la cuaresma y en la que el sol saldría en los próximos veinte minutos, se podían escuchar los perros de los patios ladrando como de costumbre, ya que el periódico era repartido a esas horas, por lo que sin ninguna preocupación y como era habitual siguió caminando hasta doblar la primera esquina.

En el aula sus compañeros preocupados ignorando porque no había llegado enviaron insistentemente mensajes a su teléfono celular a fines de que se manifestara, más sin embargo, luego de una hora y cuarenta minutos, cuando la clase acababa sin ningún mensaje respondido decidieron llamar a su número pero solo era contestado por el correo de voz.

Miró a su madre quien trataba de calmarle más no le reconoció, su estado de confusión era tal que en pocos instantes volvió a caer rendida y sin conciencia alguna. La próxima vez que despertó, se mantuvo alerta por unos minutos, pero con más calma por el coctel de medicamentos que le habían suministrado, se podía observar que su ojo derecho trataba de moverse de lado a lado mientras buscaba reconocer aquel lugar que le resultaba extraño, hasta que nueva vez cayó agotada al cabo de unos instantes.

En aquella esquina por donde acababa de doblar había un negocio de venta de bebidas alcohólicas, durante las noches era frecuente la presencia de personas del vecindario que se acercaban para refrescarse consumiendo cervezas frías mientras se distraían con música a altos volúmenes, principalmente los fines de semana, pero a aquella hora aquel negocio estaba cerrado y solo se percibía el olor hediondo y nauseabundo a cerveza seca y fermentada de la que se había sido derramada la noche anterior.

Cada día que pasaba permanecía más tiempo despierta e iba recobrando el aliento de vida que parecía haber perdido en los meses anteriores en que su cuerpo permanecía inerte. En un par de semanas ya podía comunicarse con el habla, había recuperado el movimiento de los brazos, y parcialmente las piernas, aunque la mantenían atada de brazos  y  recostada en la cama todo el tiempo, su reinserción en el mundo debía ser de manera gradual según las recomendaciones médicas.  

Tras pasar por el frente del negocio y percibiendo aquel aroma nada agradable, de la entrada que daban hacia unas escaleras se escuchó una voz gritar “Aurora”, al encontrarse tan próxima se asustó y trató de identificar de que se trataba a la vez que sintió como algo líquido y frio  alcanzaba su rostro, pero que se iba transformando en picor y posterior ardor, un ardor como si su rostro se fuera quemando y la piel se evaporara, sin poder ver, con los ojos afectados gritó tan alto como pudo, y trató de correr instintivamente a casa, solo consiguiendo caer al suelo y quedar inconsciente.

Su madre nunca olvidó la angustia de aquel día en que Sandra se tocó el rostro y no lo reconoció al tacto, por lo que entre llanto y desesperación sin la conciencia plena de su estado tomó fuerzas de donde no había tenido en mucho tiempo, se levantó de la cama, y se dirigió al baño, para colapsar en llanto hasta quedar sin fuerzas frente al espejo ante aquella trágica imagen que ahora era su rostro. Había perdido el ojo izquierdo, las quemaduras en su nariz eran tal que el cartílago no existía,  y de los labios solo le quedaba la parte de la comisura del lado derecho, todo lo demás de la parte izquierda de su cara parecía una sola cicatriz que se extendía desde la parte superior del cráneo hasta la barbilla, incluida la oreja, que aunque la conservaba, poseía los vestigios del ataque del que fue víctima.

Sus compañeros al enterarse del incidente se encontraron tan afligidos  que hacían vigilias frente al hospital, pero cada día que pasaba iban reduciendo su presencia debido a sus responsabilidades y obligaciones. En un par de semanas Sandra era entre ellos tan solo una referencia, una historia o un recuerdo.

Cuando volvió a despertar estaba postrada en una cama, le habían suministrado tranquilizantes, y cuando estuvo lo suficientemente activa y al recordar lo que había pasado un rato antes, muy lentamente fue levantando su brazo derecho para tocar su rostro, más a unos escasos cinco centímetros de tocarse la barbilla su madre en un rápido reaccionar se abalanzó sobre ella deteniéndola y sosteniendo sus manos con tal fuerza y desesperación que estalló en llanto sobre el pecho de su hija.

Tres veces a la semana venía el psicólogo a verle y no era dejada sola en ningún momento, la bella joven universitaria y con un futuro brillante era tan solo un vago recuerdo entre sus conocidos, su única compañía era su madre quien solo se quitaba de su lado en los momentos que su hermana de venía a visitarle.

Tras encontrar su cuerpo inconsciente sobre el pavimento uno de los vecinos que escuchó los gritos avisó a su familia e inmediatamente la llevaron al hospital, el barrio parecía despertarse y todo el mundo se preguntaba qué había pasado, más nadie sabía nada, algunos rumoreaban que se trataba de un ajuste de cuentas, pues ella solía llamar la atención de intereses ajenos en el vecindario pero ninguna hipótesis era verificable y todo no era más que una insensata conjetura.

Con varias semanas de terapia Sandra ya comenzaba a aceptar su realidad, ya era capaz de verse al espejo y reconocer su nuevo rostro, todo parecía avanzar progresivamente, hasta que un día, su madre salió en busca de unas sábanas aprovechando que ella se había quedado dormida, pero cuando regresó encontró a su hija tendida sobre la cama, con los brazos abiertos hacia el exterior y desde donde se desprendían sus últimas gotas de vida, terminando de pagar allí con su sangre el injusto precio que debió pagar Aurora y sin saberse nunca siquiera quien fue el culpable de aquella desgracia.

miércoles, 31 de julio de 2013

Hasta que te Perdí



Hasta que te Perdí


Parecía que fue ayer cuando estábamos juntos, sin embargo, ya han pasado algo más de dos años y aún me encuentro sin saber cuándo comenzó a crecer la distancia entre nosotros ni cuando comencé a perderte.

En un principio, pensaba era un distanciamiento ordinario y temporal, de esos vaivenes que son típicos de toda relación, pues de repente te alejabas, y al rato siguiente, sobre todo cuando más te necesitaba, volvías a  mi lado. Quizás por eso no le había dado la importancia que merecía a aquella situación y subestimé cada una de esos "intentos de fuga", pues a final del día siempre estabas  y era lo único que me importaba.

No obstante cada semana que pasaba se hacía más largo aquel trecho entre nuestros ser, tanto así que te habrías marchado en menos de un par de meses de no haber sido por la influencia de terceros, que al darse cuenta las cosas no iban bien entre nosotros nos apoyaron para que siguieras a mi lado y así intentáramos seguir por el mismo camino.

Durante las siguientes semanas permaneciste a mi lado, en raras ocasiones te alejabas por ratos esporádicos pero siempre regresabas. En esos días pasábamos muchos momentos de cercanía, de intimidad, de afección y felicidad comparados con los de angustia, hasta tal punto que di por hecho que estarías conmigo para siempre, Más luego sentí cierta indiferencia. Había olvidado que lo que nos unía no era eterno, y que aún existía la posibilidad que te marcharas, pero en aquel idilio que quizás solo existía en mi cabeza me aferraba más a ti, no quería nada en esta vida si no era para disfrutarlo junto a ti, por lo que cambie de casa y de vida tan solo para que no pensaras en marcharte.

Con aquel cambio de vida hubo un resurgir en nuestra relación, la cercanía, el deseo, la esperanza, el amor y todo lo demás que nos unía volvieron a florecer, parecía que la primavera resurgía entre tú y yo,  que volvíamos a ser solo uno, que eras mi complemento perfecto, mi consejera, mi amiga, mi aliada, mi todo, hasta el día en que volvió atrás el cambio, en que volví a ser lo que en esencia era y allí me demostraste que tu compañía estaba condicionada.

Y  fue cuando comenzó la verdadera inestabilidad en nuestra relación. Parecías estar a mi lado pero ausente, y ya no por ratos esporádicos, sino por días hasta semanas.  Sin saber qué hacer y buscando la manera de no perderte, volví a hacer cambios en mi para ver si con aquello era suficiente y parecía que si, por unos meses más pensaba que lo sería, aunque el vaivén entre nosotros se mantenían, pero luego, sin esperarlo ni preverlo, mientras me empeñaba en seguir conservándote a costa de pequeños cambios,  aquello que nos unía comenzó a derrumbarse, de tal forma que te alejabas y por más que intentaba estar a tu lado más te desvanecías en la distancia, tal cual como si cayera por un barranco de tierra y piedras sueltas, donde por más esfuerzos que hacía por volver a la cima  terminaba deslizándome más y más hacia un precipicio.

Una noche de verano mientras dormía contigo entre mis brazos sigilosamente te levantaste sin que pudiera sentir movimiento alguno, sin que pudiera percibir el instante exacto en que te marchabas saliste de la habitación, llegaste a la sala, atravesaste la puerta de la casa y te fuiste por la calle sin mirar atrás, sin coger tus cosas, sin siquiera decir un hasta luego y mucho menos un adiós.

Ya he perdido la cuenta de cuanto hace de aquel día, mientras tanto,  de lo único que tengo certeza es que estoy aquí tendido en la misma cama en donde me dejaste, esperándote, deseándote, añorándote, extrañándote, anhelándote, y es cuando me doy cuenta de cuanta falta me haces.

Aquel día cuando te fuiste, te llevaste contigo todos mis sueños, mis esperanzas, mis ilusiones, mis deseos, mis ganas de amar, vivir y soñar, en fin, te llevaste toda mi vida, todo mi ser. ¡Oh cordura mía, no soy nada sin ti!