Giré la llave, abrí la puerta y
con la escasa luz que se filtraba por las cortinas podía ver que aún
estaba al fondo el escritorio y detrás la silla que se interponía al
ventanal. A la derecha pegado a la pared el sofá de cuero que contrastaba con
el piso de granito y en el que tantas veces me había sentado, con miedo a tropezarme
con la mesa que debía de estar en frente
del sofá caminé con cuidado hasta llegar a la ventana y deslicé la cortina para
que entrase la luz de la tarde.
Me había llamado mi cuñada,
aquella sobria, insípida y correcta mujer que conocí unos trece años antes y
que en principio se veía tan seria y formal que parecía no era capaz de
albergar alma alguna, pero que según la fui conociendo descubrí que era una
persona noble, afectuosa y con necesidad de complementar a quien fuese digno de
su compañía, tanto así, que llegué compararla con un piolet que cualquiera
desearía atesorar en la ardua escalada de la vida.
Me senté en el sillón observando la
habitación desde una perspectiva que nunca antes había tenido, tomé el
portarretrato con la foto de ellos dos de encima del escritorio, lo contemple
por unos segundos, primero a él con nostalgia, y luego a ella con su rostro
frio pero con ternura.
Devolví la foto a su sitio y me recliné,
miré al techo mientras veía el abanico con las aspas de cartón-madera
desniveladas hacia abajo a causa del tiempo y el desuso, la puerta entre
abierta, el paraguas al lado de la entrada, como si como si estuviese
expectante a la espera de la lluvia para ser usado y lucirse, los
armarios repletos de libros, a la izquierda
los equipos electrónicos que no habían sido encendidos en hacía mucho tiempo de
donde llamaba la atención el destornillador multiusos que resaltaba como si se
hubiese quedado fuera de su sitio pendiente de ser guardado.
Martha tocó a la puerta
interrumpiendo mi soledad.
-¿Te apetece algo de tomar?
- Agua, sino es molestia- respondí.
-Ya sabes que no lo es.- Y se
retiró
Volví a la foto, esta vez
mirándola sin siquiera tocarla, admirando aquella pareja, así que me levanté de
aquel puesto que no me pertenecía y me senté en el sofá mirando los
libreros y redescubriendo cada detalle…
Martha volvió a tocar.
-Adelante.
Entró pausadamente, con un vaso
de agua helada en la mano derecha y abrazándose con la izquierda mientras se
acercaba. Colocó el vaso sobre la mesa y se sentó al otro extremo del sofá.
-¿Por qué esta todo intacto? – pregunté inclinándome hacia adelante para tomar un poco de agua.
-Porque en todo este tiempo nadie
más había vuelto a entrar.
-¿Ni siquiera tú?
-No tenía razón alguna para
hacerlo, pero ya es tiempo.
-¿Y te quieres deshacer de todo?
Después de un largo silencio
Martha respondió:
-No sé, no quiero que se tire
todo y mucho menos buscar entre sus cosas, nunca lo hice y no pretendo hacerlo
ahora.
-¿Por eso me llamaste?
-Supongo que sí.
Tomé un par de sorbos de agua a
la vez que la veía pellizcarse las uñas y le dije:
-¿Sabías que mamá te echa de
menos?
-Sí, aún me llama de vez en
cuando, aunque me cuesta devolverle las llamadas.
-¿Pero si siempre te has llevado
bien con ella? – inquirí mirándole a los ojos.
-Sí, pero no es tan fácil, las
cosas no son blanco o negro, es que ustedes, tú… Siempre han sido tan generosos
conmigo que a veces… – Se detuvo bajando la mirada.
Sin saber qué decir y respetando su
aparente intención de no dar más detalles terminé el agua tratando de
quitarme el nudo en la garganta. Fui a colocar el vaso torpemente sobre la mesa
pero se me cayó sobre el piso rompiéndose al instante.
-Déjalo, ya lo recojo.- Dijo levantándose
y saliendo de la habitación en busca de la pala y la escoba.
Traté de recoger los trozos más
grandes y terminé clavándome en la palma de una mano un pedazo que sobresalía
de la base del vaso, comencé a sangrar y me llevé la herida a la boca.
Con la otra mano saqué del
bolsillo la cartera de cuero casi desintegrándose, pero que todavía hoy no
abandono por el apego de tantos años. La abrí como pude y saqué una tirita (curita o band-aid)
apenas servible. En eso entra Martha mirando el episodio y me dice:
-¿Que ha pasado? Si te dije que
lo recogía.
-¿Me ayudas a destaparla? –le dije
mostrando la tirita mientras mantenía la palma de la mano en la boca.
La tomó, la destapó y sentándose
en el sofá junto a mí me dijo:
-Déjame ver.
Tomó mi mano y me colocó la tirita
despacito, primero el centro justo en donde estaba el pinchazo, después un
extremo pasando su índice sobre este, luego el otro extremo, repitiendo
la misma operación, y posteriormente sobre toda la tirilla una y otra vez, una
y otra vez, como si intentara con sus dedos redescubrir la
palma de mi mano, hasta que toqué su pelo para deslizarse un mechón y me miró a
los ojos. Se incorporó, tratando de recoger cada pedacito invisible de vidrio,
pasando la escoba por toda área, mientras yo solamente la observaba. Al
terminar pensé que se iría, pero puso la pala y la escoba del lado de afuera de
la puerta, y regresó a su espacio en el sofá y luego de un corto silencio dijo:
-¿Sabes que en estos dos años me he tenido que
acostumbrar a vivir sola?
Me quedé inerte, a la espera que
dijera algo más.
-Siempre respeté a tu hermano,
siempre respetaré su memoria, atesoro sus recuerdos como los mejores años de mi
vida y los tendré allí mientras memoria tenga.
Martha hizo una pausa y luego
prosiguió:
-Pero al mismo tiempo ya no puedo
seguir en lo mismo, del pasado solo quedan recuerdos y tengo que seguir
viviendo -terminó entre sollozos.
Me acerqué, la abracé y le
susurré:
-Tranquila, no tienes prisa,
tienes toda tu vida por delante.
Me abrazó más fuerte y continué:
-Y sólo a ti te la debes.
Su llanto se detuvo, se separó y
me miro a los ojos, por lo que me
levanté del sofá, cerré las cortinas y salí de la habitación, Martha siguió mis
pasos, cerró la puerta, tomo la pala y la escoba, y se dirigía a la cocina
mientras yo iba tras ella...