“… mientras del otro
lado estaba yo, sentado contemplando aquella perfecta rosa…”
Como si nuestras vidas
estuvieran destinadas a estar entrelazadas, le contemplaba cada día, sintiendo
que su presencia sería suficiente para llenarme, pero olvidaba que no éramos
eternos y que nuestros ciclos de vida eran totalmente diferentes.
Cuando más sentía que
con su presencia me era suficiente, vi cómo se le desprendía un pétalo. Lo tomé
entre mis dedos, lo puse en la palma de la mano y noté que estaba descolorido,
con un tono marrón y con una contextura
seca y frágil, volteé la mirada hacia ella y seguía viendo la misma flor del
primer día, con la misma frescura y hermosura de aquella mañana de quince de febrero,
excepto por un pétalo menos que le adornaba, pero que a la vez me hacía
cómplice, pues me mostraba algo de su interior.
No recuerdo con claridad
si pasaron minutos, semanas u horas, pero los pétalos seguían cayendo, pero
seguía igual de majestuosa, hasta que luego de un momento de ausencia regresé y
cuando miré hacia donde le había dejado, solo quedaba una rama seca y su
ausencia. Se había esfumado de mi presencia y de mi vida sin siquiera una
despedida.
Al principio me sentía
desolado, pues a pesar del poco tiempo de su compañía, perdí noción de toda
realidad. Mi única realidad se había convertido en la tristeza causada por la
imposibilidad de estar a su lado y la pérdida de aquella ilusión de que nuestro
idilio seria perpetua. Tras una larga temporada completé mi luto, más
largo de lo que alguna vez pudiera imaginar, hasta que finalmente comprendí que
no volvería a verle y que mi vida debía seguir adelante.
En mis constantes
caminatas principalmente en las mañanas de febrero, solía mirar hacia todos
lados; en las banquetas desoladas, en los jardines por los que pasaba, en las
cubetas de la marchante de la esquina, en los mercados y a cualquier sitio que
fuese, con la esperanza de encontrarle o el anhelo de que alguna otra
flor me hiciera sentir un encanto similar al de aquella época, aunque en muchas
ocasiones terminaba sumergido en las memorias de aquellos pocos días, minutos u
horas en que podía tocar sus suaves y delicados pétalos, como le tomaba con
firmeza y delicadeza por su espinoso tallo, para sentir el roce de sus pétalos
en mis mejillas, o más aún, como me acercaba lo más posible, para disfrutar su
aroma natural único e irresistible.
Han pasado varios años
y a pesar de mis memorias cada vez menos recurrentes al día de hoy he aprendido
que ninguna flor es eterna, que los claveles tienen su belleza particular,
duran más, requieren menos cuidados y son más consistentes que la ternura y belleza
efímera de una simple rosa.