jueves, 11 de septiembre de 2014

Paixao II

“… mientras del otro lado estaba yo, sentado contemplando aquella perfecta rosa…”

Como si nuestras vidas estuvieran destinadas a estar entrelazadas, le contemplaba cada día, sintiendo que su presencia sería suficiente para llenarme, pero olvidaba que no éramos eternos y que nuestros ciclos de vida eran totalmente diferentes.

Cuando más sentía que con su presencia me era suficiente, vi cómo se le desprendía un pétalo. Lo tomé entre mis dedos, lo puse en la palma de la mano y noté que estaba  descolorido, con un tono marrón y con una contextura seca y frágil, volteé la mirada hacia ella y seguía viendo la misma flor del primer día, con la misma frescura y hermosura de aquella mañana de quince de febrero, excepto por un pétalo menos que le adornaba, pero que a la vez me hacía cómplice, pues me mostraba algo de su interior.

No recuerdo con claridad si pasaron minutos, semanas u horas, pero los pétalos seguían cayendo, pero seguía igual de majestuosa, hasta que luego de un momento de ausencia regresé y cuando miré hacia donde le había dejado, solo quedaba una rama seca y su ausencia. Se había esfumado de mi presencia y de mi vida sin siquiera una despedida.

Al principio me sentía desolado,  pues a pesar del poco tiempo de su compañía, perdí noción de toda realidad. Mi única realidad se había convertido en la tristeza causada por la imposibilidad de estar a su lado y la pérdida de aquella ilusión de que nuestro idilio seria perpetua. Tras  una larga temporada completé mi luto, más largo de lo que alguna vez pudiera imaginar, hasta que finalmente comprendí que no volvería  a verle y que mi vida debía seguir adelante.

En mis constantes caminatas principalmente en las mañanas de febrero, solía mirar hacia todos lados; en las banquetas desoladas, en los jardines por los que pasaba, en las cubetas de la marchante de la esquina, en los mercados y a cualquier sitio que fuese,  con la esperanza de encontrarle o el anhelo de que alguna otra flor me hiciera sentir un encanto similar al de aquella época, aunque en muchas ocasiones terminaba sumergido en las memorias de aquellos pocos días, minutos u horas en que podía tocar sus suaves y delicados pétalos, como le tomaba con firmeza y delicadeza por su espinoso tallo, para sentir el roce de sus pétalos en mis mejillas, o más aún, como me acercaba lo más posible, para disfrutar su aroma natural único e irresistible.

Han pasado varios años y a pesar de mis memorias cada vez menos recurrentes al día de hoy he aprendido que ninguna flor es eterna, que los claveles tienen su belleza particular, duran más, requieren menos cuidados y son más consistentes que la ternura y belleza efímera de una simple rosa.