Fue a la cocina, tomó un par de guineos maduros (bananas) y los guardó en el bolsillo delantero de la mochila, volvió a la habitación con el mismo silencio de antes, tomó una hoja de papel y un lápiz, despacito para que no hacer ruido alguno, volvió a la sala, se inclinó sobre la mesa, y entre penumbras escribió tres líneas, dobló aquel papel varias partes y delante escribió “Mamá”. Se dirigió nuevamente a la cocina, con la mochila colgando de sus hombros y los zapatos en una mano, se paró delante de la puerta, desocupó sus manos, y muy despacio quitó la tranca, abrió la puerta, tomó sus zapatos nuevamente, salió y desde afuera entrecerró la puerta.
Caminó y caminó hasta llegar a la parada de autobuses. Eran casi las cuatro de la mañana según el reloj en la torre de la iglesia y según los horarios pegados en la puerta el primer autobús saldría una hora más tarde, mientras tanto, se quedó sentada en un banco del parque que quedaba en frente con la decisión tomada de no mirar atrás.
Recordó que no traía dinero, pero estaba segura de que se iría. Cuando el conductor llegó a las cinco menos cuartos, encendió el autobús, y abrió las puertas para que los pasajeros depositaran los equipajes y abordaran, en eso la niña dio la vuelta por la parte trasera del vehículo y en un descuido del encargado se introdujo en uno de los compartimientos de equipajes y se escondió detrás de una puerta que no había sido abierta. A la hora en punto se cerraron las puertas y el autobús inicio la marcha, dejando Cintia en aquel pueblo su familia, sus memorias y su historia.
A eso de las ocho de la mañana su madre se levantaba mientras su padre se quedaba aun durmiendo, ya que, la noche anterior se había acostado más tarde luego de llegar borracho pasada la media noche. Aquel hombre trabajaba de vigilante en una agencia de cambio y era habitual los sábados que después del pago comprara una botella de ron para embriagarse hasta perder la compostura. Allí estaba tendido todavía, razón por la cual la señora se había levantado sin molestarle y se dirigió a la cocina a preparar el café que reanimaría a su marido cuando este decidiera por fin levantarse.
Entró en la cocina y notó que la puerta no estaba trancada, supuso que alguno de los hijos había salido al baño y sin preocupación alguna se dispuso a preparar el café y el desayuno. Al ver que al cabo de unos diez minutos nadie regresaba, se extrañó y salió hacia el baño que quedaba a escasos metros de la casa. La cortina estaba abierta, se asomó y no había nadie.
Media intrigada sin saber la razón por la cual la puerta de la cocina estaba abierta, se dirigió a la habitación de los varones a ver si allí estaban y definitivamente ninguno había salido, así mismo fue a la habitación de las hembras y el lugar de Cintia estaba vacío. Desorientada ante la ausencia, despertó a la mayor de la que allí estaban, que para aquel entonces debía tener unos diez años y le preguntó dónde estaba Cintia, pero esta no sabía nada. Con cara de enojo despertó al marido para que se encargara de averiguar dónde estaba aquella jovencita y porque habría salido a esas horas sin autorización.
En la casa se respiraba un aire de tensión, la madre enojada esperando tan solo que la hija regresara para que fuera castigada antes siquiera de dar explicación alguna, en eso, uno de los hermanos que se había levantado con el sobresalto notó sobre la mesa de la sala, el papel que habían dejado, llamó a su madre quien tomó aquella carta, pero no se sabe claramente si fue por el sobresalto o la falta de alfabetización que no pudo descifrar de que se trataba, preguntándole al muchacho que era aquello, él tomó la carta y le dijo,
-Al parecer lo escribió Cintia, y está dirigida a ti- Desdobló la hoja de papel y en voz alta leyó:
“Mami, los quiero mucho, pero no aguanto más, no te preocupes por mí, estaré bien. Te quiero.”
Su madre se enojó aún más y decía para sí misma,
-Ya verás cuando regrese el castigo que le va a tocar-.
El día pasaba y no tenían noticias, ya cuando el sol caía la madre estalló en llanto, parecía que sería verdad y su hija no regresaría. Se decía a si misma que la recibiría con los brazos abiertos y que no la castigaría, pero que regresara. Esa noche se quedó en vela esperando a que llegara su ausentada primogénita, pero lo único que llegó fue el otro día mientras la madre permanecía sentada junto a la puerta esperando con los ojos llorosos y abiertos como podía.
Durante el día siguiente el esposo tuvo que ir a trabajar y los niños a la escuela, la madre se quedó a sola en casa llorando desconsoladamente hasta que por fin quedó dormida de tanto agotamiento y no despertó sino hasta el mediodía cuando los chicos regresaron. A partir de ese momento en que los hijos llegaron y la despertaron comprendió que sería verdad, su fugada hija quizás no regresaría, pero que aún le quedaban cuatro más que debía atender.
Para Cintia el viaje en el maletero del autobús no fue nada complaciente, durante las curvas y las frenadas tenía que aferrarse a las barras metálicas del chasis para no golpearse, además pensaba y pensaba en todo lo que había dejado atrás, su familia, sus hermanos, y le llegaba el arrepentimiento, pensaba en su madre, que tanto le quería, pero aun así no se devolvería. Algunos pensarían que es cobardía salir corriendo, pero no, sus ganas de alejarse eran mucho más fuertes por lo que siguió y siguió sin opción alguna, hasta que por fin el vehículo se detuvo, pasaron unos segundos y las puertas se abrieron, tomó su mochila, de un salto salió del autobús y se fue corriendo, alguien la vio salir, pero iba corriendo tan rápido que nadie pudo hacer nada más que verificar que cada equipaje seguía allí y con ellos dos cáscaras de guineo.
Cuando ya sentía que no podía correr más por el cansancio y el hambre se detuvo frente a una cafetería comedor, se acercó a la señora que allí atendía y le pidió un poco de agua para saciar la sed que traía entre el calentón del maletero y la carrera de minutos antes. La señora volvió con una jarra llena de agua, se la pasó y mientras tomaba le preguntó:
-¿Tienes hambre?-
Cintia respondió asintiendo con la cabeza, por lo que le preparó un sándwich que devoró al instante. Le preguntó de dónde venía, mas ella no contestaba, mientras se notaba en su cara un semblante de tristeza.
-¿Y cuál es tu nombre?- Preguntó a la niña.
-Cintia. ¿Y usted como se llama?- Tímidamente replicó la pequeña.
-Patricia-. Respondió atentamente la señora –Me llaman Patricia-.
-¿Qué edad tienes?-. Preguntó Patricia
-Doce años- Respondió la jovencita, siendo estas las primeras palabras que salían de sus labios en aquel día.
-¿Y de dónde vienes?-Volvió a preguntar Patricia.
La niña no respondía y solo se limitaba a bajar la cabeza, por lo que la señora luego preguntó:
-¿Y hacia dónde vas?-
Esta vez la niña respondió simplemente levantando los hombros.
La señora decidió acogerla en su casa, previo aviso a las autoridades del pueblo. Como no había anuncio de desaparición alguna de un menor en las cercanías y nadie quien la atendiera tomó la decisión, de darle asilo mientras se averiguaban los detalles.
Patricia era una viuda y sin hijos, de unos cincuenta y tantos años de edad, había perdido a su marido y con lo que le tocaba de pensión decidió montar aquella cafetería, que no era un negocio muy grande, pero estaba bien ubicado y servía de comer tanto a trabajadores del mercado que no quedaba muy lejos, como a los conductores que iban de paso por el pueblo.
Día tras día se involucraban más la una con la otra, pero todo se detenía en cuanto intentaba Patricia averiguar el pasado de Cintia. Al cabo de unos meses ya le ayudaba perfectamente con los quehaceres del negocio, retomó la escuela en horario vespertino para así ayudar a la señora durante las mañanas y parecía que se comprendían, pero sobretodo, se hacían compañía.
Unos cuatros años más tarde las cosas no eran tan diferentes a aquellos primeros meses. Cintia asumía más responsabilidades en el negocio, seguía asistiendo a la escuela durante las tardes, nunca se detenía siquiera a conversar con nadie en el camino a casa, y en las noches se sentaba frente al televisor a esperar que Patricia se quedara dormida para al otro día seguir con la rutina del trabajo y la escuela. Sin embargo un día mientras descansaban ya casi esperando cerrarse los ojos, pasaban en las noticias el caso de un asalto a una agencia de cambio, se incorporó a ver de qué se trataba la noticia pues le resultaba aquello un tanto familiar, y en efecto, el lugar donde su padre trabajaba había sido asaltado, resultando muerto este durante el incidente.
La inquietud se apoderó de ella. Más tarde, habló con Patricia y le explico que debía volver a casa, pero que regresaría en unos días, la señora no sabía de qué se trataba, pero esperaba que todo fuera para bien.
Ya en la mañana estaba de camino a casa, llego a eso de las once y media de la mañana, se sentía el sol radiante del medio día, se paró frente a la casa, pensando si debía entrar o no, la puerta estaba abierta pero con aquel solazo solo se distinguían siluetas de las vestimentas blancas que se movían por la sala, así que se acercó, se detuvo debajo del marco de la puerta, tardó unos segundos esperando que sus ojos se ajustaran luego del resplandor, cuando por fin podía ver claramente, identificó en el medio de la sala el ataúd donde yacía su padre, estaba apoyado sobre dos sillas en los extremos, debajo habían varias recipientes con hielo, como si quisieran conservar aún más las penas y a un lado había una corona de flores, del otro lado estaba su madre, entre sollozos con la mirada perdida hacia el suelo, caminó hacia ella pasando por el lado del ataúd, sin separar la mirada de aquella señora cabizbaja, le tocó en el hombro, su madre levantó la mirada y estalló en llanto mientras abrazaba a su hija con tal fuerza, que casi le cortaba la respiración.
Cintia se mantuvo allí a su lado todo el tiempo, hasta llegada la hora del sepelio. Entre sus hermanos levantaron el ataúd, lo llevaron hacia el carro fúnebre mientras ella iba detrás entre los vecinos y al lado de su madre sin que su esta le permitiera desprenderse. En ningún momento se detuvo a ver a su padre, ni aun cuando lo iban a enterrar, estuvo fría en todo momento. Aquella noche no se separó de su madre. Su madre estaba afligida porque había perdido a su marido, pero a la vez feliz de recuperar a su hija, sin embargo su hija se sentía liberada, porque había perdido a su padre meses antes de su fuga y finalmente estaba bajo tierra aquel que le había arrebatado su inocencia.