viernes, 29 de mayo de 2015

¿Redención?

Mamá murió hace seis meses, en un principio se quejaba que sentía dolor en el pecho. También se cansaba rápido, yo creo que por eso cada vez hacia menos cosas.  Se puso tan flaca que la cara comenzó a parecerse a la de una abuela y los ojos se le querían salir. Muchas veces la escuchaba llorando cuando no me veía.  Me gustaba ponerme al lado de ella para que no llorara.

Para mamá ─yo era lo único en su vida─, siempre me lo recordaba. De papá nunca supe, salvo ─que se fue a la mierda─.  De vez en cuando venía el cartero con algún sobre que traía dinero,  parece que desde la mierda se acordaba de nosotros.  Ella me enseñó casi todo lo que supe, desde como caminar, hasta cómo comportarme. Mamá trabajaba muchas horas.  Le gustaba mucho mi escuela ─porque padres y monjas daban clases y me enseñarían muchas cosas útiles─ para cuando fuera un hombre. Por las mañanas me dejaba bien temprano y después se iba a la lavandería.

Ella se ponía cada vez peor. Llegó un momento que ya no iba a trabajar. Se quejaba que no le daban las fuerzas ni para levantarse. La comida comenzó a hacerse poca. Nunca lo supo pero por las noches me esforcé muchísimas veces para que se sanara.  Me arrodillaba en mi cuarto, rezando para que se cure, pero parece que ellos estaban ocupados y no me escuchaban. Creo que nunca me escucharon. Mamá nunca mejoró.

Mi tía siempre me recordaba que mi madre desde chiquita fue responsable,  “y que yo también debía serlo”. Por ella no nos quedamos solos. Desde que supo que a mamá  se le hacía difícil levantarse vino a casa. Fue la única persona que la cuidó.

Un día vi que tosió en un pañuelo y quedó manchado de sangre. Sabía que era sangre porque la conocí una vez que me raspé la rodilla. Me habían dicho que la sangre nos llevaba la vida a todo el cuerpo. Me di cuenta que la vida de mamá se le estaba saliendo. Comencé a esforzarme más para que me escucharan. Rezaba a la hora de acostarme. También  rezaba tempranito en la mañana.  Siempre que podía me encerraba en mi habitación pidiéndoles a ellos que me la sanaran.

Ella murió, parece que nunca me oyeron o que no me hicieron caso. El día en que se la llevaron escuché a alguien murmurar,  “Por fin, descansará en su santo seno”.  ¿Pero no le era más fácil hacer que se sanara?  Desde que me la quitaron me enojé con ellos. Como nunca me escucharon no supe siquiera si fue al cielo.

Siempre me decían que si te portas bien irás al cielo, que todo es blanco y bonito.   En el cielo la gente no se hace vieja, no se enferma,  ni tampoco se muere, y que se es feliz por toda la eternidad. Si te portas mal te toca ir al infierno, que es un agujero tan profundo del que no se puede salir. En el infierno hay fuego por todas partes y es tan caliente que hasta las piedras se derriten;   la gente sufre y vive triste mientras pagan por su mal comportamiento.


Yo también me enfermé.  Me puse tan mal que escuchaba murmurar gente ─que no lo lograría─. ¿Lograr qué?  Eso sí, ni me preocupé siquiera de rezar a nadie, no sirvió con mi mamá  y no iba a servir conmigo. Un día me desperté tan mal que supe que se me acababa la sangre. No vi por donde se me salía pero me faltaba el aire y no me daba el ánimo para respirar.  Estaba preparado para morirme sin saber adónde iría. Al infierno no me tocaba ir, porque ya había pasado por el sin haberme portado mal, al cielo tampoco ya que tenía mis dudas de aquello de que “los niños siempre van al cielo”.

sábado, 23 de mayo de 2015

Ilusión

 Era sábado por la tarde, creo que mediados de 1991,  me encontraba en la habitación que tenia de oficina realizando unos trabajos de contabilidad, sin nadie a la espera escuché el timbre, hice caso omiso pues lo más probable sería algún vendedor ambulante, aunque la hora y el día lo hacía un poco difícil, un minuto más tarde volví a escuchar otro timbrazo, me levanté más por curiosidad que por cortesía y caminé hacia la puerta. Observé por la mirilla y al ver una señora mayor decidí abrir.
-Hola. ¿En qué le puedo ayudar?
-¡Buenas Tardes! ¡Te vendo la oportunidad de soñar!
-¿Perdone? –Respondí.
-Te ofrezco la oportunidad de soñar y ser feliz.
-No señora, no estoy interesado.
-Solo me regalaras un día de tu vida por cada sueño y tendrás momentos memorables.
-Que no me interesa –volví a decir en un tono más fuerte.
-Hijo mío, te ofrezco una oportunidad única que nunca más se te ofrecerá.
-No señora, no es necesario y por favor retírese que estoy muy ocupado. –Le dije cerrando la puerta.
Volví a mi oficina entre libretas y números, no me había bien sentado cuando otra vez sonaba el timbre:
-Señora, que no estoy interesado le he dicho. –Dije mientras abría.
-De cualquier manera te dejo  una muestra gratis y  sin ningún compromiso. –Dijo sacando una piedra brillante semitransparente, con una tonalidad azul.
-No me interesa nada, váyase de una vez  y no me moleste más–respondí golpeando la puerta.
Apenas me giré para volver a la habitación escuché dos golpes en la puerta. Me devolví para decirle a aquella señora que se alejara o llamaría a la policía, pero cuando abrí ya no estaba.  Sobre la alfombra dejó una pequeña caja de cartón de dos tapas y color crema. La abrí y allí estaba la piedra que me había mostrado. Salí a la calle con la caja en la mano para devolvérsela pero no la encontré.
 Tomé el paquete y lo dejé fuera al lado de la entrada, así si pasase la señora y se arrepentía lo tomaría sin tener que molestarme. Volví a la tranquila soledad de mi trabajo, tras unas cuantas horas sin ninguna interrupción y casi muerto del cansancio di por terminada la jornada con la curiosidad  de saber si la caja aún estaba en la entrada. Abrí la puerta y allí seguía. Pensaba que la señora ya no volvería más al menos por aquel día así que por curiosidad volví a abrir la caja y esta vez tomé la piedra.  Se sentía agradable al tacto, fría y suave, pero lo que más llamaba la atención era su color azul semitransparente.
Me quedé en el salón, encendí el televisor y me senté sobre el sofá  mientras mantenía  la roca entre mis dedos como si jugase con ella. Tan cansado estaba que sin darme cuenta me quedé dormido, pero esta vez era diferente a todas las veces que caía en el sofá, al parecer dormía y era activamente consciente.

Podía verme en el barrio en que crecí jugando a la pelota con la pandilla, pero no solo me veía jugando, sino que vivía cada segundo, como si estuviese allí en tiempo real, las pausas en el juego, las anotaciones, las bromas, y todo era tan autentico que me olvidé de mí en el sofá.  Al finalizar el partido fuimos al arroyo.  La roca inmensa en el centro del gran charco ya no estaba y ahora sí podíamos lanzarnos desde lo alto.  Tras horas y horas de tiempo con la pandilla ya se hacía de noche y debíamos irnos a casa. Al entrar por la puerta trasera estaba mi madre en la cocina, quien me recibía con alegría, como si no me hubiese visto en todo el día y la comida sobre la mesa, cené solo, pues ya todos habían terminado. Cuando mi plato estuvo vacío me fui al salón, en donde me esperaban el abuelo y mis hermanos. El abuelo estaba sentado en una mecedora y enfrente rodeándole mis hermanos, me incorporé a ellos para escuchar las historias épicas que nos regalaba el abuelo hasta caer rendidos por el sueño.

Volví a mi verdadera realidad sentado sobre el sofá, estaba impactado por la experiencia, había tenido innumerables sueños pero ninguno tan verídico y vívido como ese. Miré asombrado la piedra, como a la espera de que me diese alguna respuesta, pero solo me mostraba su brillo azul que iba perdiendo parte de su esplendor.  Me levanté, la puse dentro de la caja y la dejé en la repisa, ya era bastante tarde y había tenido suficiente, así que me di un baño y me fui a la cama, pero por más que trataba no lograba conciliar el sueño, el insomnio me mantenía en vilo junto a con los recuerdos de la experiencia previa más la inquietud del misterio que había detrás.
Duré un par de horas dando vueltas en la cama cavilando sobre el asunto, pero ya no aguantaba más, por lo que me levanté, fui a la repisa, tomé el paquete y lo llevé a la mesita de noche indeciso sobre qué hacer. Ya sin pensar mucho, me acosté y extendí la mano para destapar la caja y tomar la piedra. A diferencia de la ocasión anterior esta vez solo la sostenía en la palma de la mano mientras apretaba fuertemente.

Ahora me veía en un parque que aunque no podía identificar me resultaba familiar, era primavera y estaba sentado en una banqueta próximo a un lago, como si esperase a alguien, mientras tanto,  me entretenía arrojando migajas a las palomas. Detrás de mí apareció Mayte, me levanté, le di un fuerte abrazo que hasta la levanté del piso y le estampé un beso que nos mantuvo en silencio por un rato. Aparentemente no nos habíamos visto desde el día anterior, aunque por la euforia cualquiera hubiera imaginado que habían pasado semanas, o quizás meses desde la última vez que estuvimos juntos. Nos sentamos uno junto al otro hasta que se terminaron las migajas y a la espera que los últimos rayos del sol se vieran en el horizonte y a su vez el agua los reflejara hacia nuestras pupilas. Cuando ya estaba totalmente oscuro nos recostamos sobre la grama, mirando hacia arriba  y disfrutando de aquel cielo  sobrecargado de estrellas que animaba a quedarse allí contemplándole por toda la eternidad.

Hacían años que no la veía y estuvo allí conmigo, era demasiado;  tan real como irreal había sido. El primer sueño fue tan verídico, pero el de ahora lo sobrepasaba, Mayte estaba a mi lado y para colmo a una edad en la que ya no vivía. Simplemente era surrealista.
Sobresaltado me levanté, y dejé sobre la mesa el pedazo de roca que ya lucia más pálido e iba perdiendo color. Tenía que poner mis ideas en orden, salí de la habitación y me fui a la cocina por una bebida caliente que me ayudase a refrescar los pensamientos, pero seguía sin entender nada.
Ya sin la posibilidad de encontrar respuesta, al menos por aquella noche, encendí la tele, pero todos los canales estaban fuera del aire, así que me quedé con el ruido de fondo de algún canal sin emisión y que sin dudas me ayudaría a conciliar el sueño, aún no pudiera sacarme a Mayte de la cabeza.
Desperté ya de mañana  con el ruido de los dibujos animados de domingo y el calor de los rayos de sol que se colaban por la ventana y me quemaban la piel. Me incorporé, tomé un desayuno bien ligero y salí a mi acostumbrada caminata de domingo, mientras daba vueltas a los acontecimientos del día anterior.
Regresé a casa al medio día tomé una ducha y mientras me cambiaba observaba la piedra deseando volver a ver a Mayte. Sin pensarlo me lancé sobre la cama piedra en mano a la espera de volver a ver a verla.

Y volvía a verla. Debía ser domingo porque era tarde y aún seguíamos en la cama. Dormía a mi lado aunque me daba la espalda, podía sentir debajo de las sábanas el calor de su tibio cuerpo. Me acerqué aún más y la abracé, se giró y le contemplé.

Regresé a mi soledad en la cama, la piedra brillante era ahora un simple pedrusco inerte, pálido y sin brillo alguno. Froté y froté sin conseguir sacar ningún sueño o brillo, aparentemente mi muestra gratis había terminado.


Desde entonces han pasado más de treinta años, todavía duermo con la roca pálida entre mis manos, la señora que me regaló aquella condena seguro que no ya vive más aunque espero cada tarde de sábado a que venga, igualmente voy pendiente por las calles con la ilusión de encontrar alguna roca que me regrese a mi infancia, que me ayude a recordar las cosas vividas, que me regrese a  Mayte, y que me dé la oportunidad de ver cómo nos añejamos juntos.