viernes, 29 de mayo de 2015

¿Redención?

Mamá murió hace seis meses, en un principio se quejaba que sentía dolor en el pecho. También se cansaba rápido, yo creo que por eso cada vez hacia menos cosas.  Se puso tan flaca que la cara comenzó a parecerse a la de una abuela y los ojos se le querían salir. Muchas veces la escuchaba llorando cuando no me veía.  Me gustaba ponerme al lado de ella para que no llorara.

Para mamá ─yo era lo único en su vida─, siempre me lo recordaba. De papá nunca supe, salvo ─que se fue a la mierda─.  De vez en cuando venía el cartero con algún sobre que traía dinero,  parece que desde la mierda se acordaba de nosotros.  Ella me enseñó casi todo lo que supe, desde como caminar, hasta cómo comportarme. Mamá trabajaba muchas horas.  Le gustaba mucho mi escuela ─porque padres y monjas daban clases y me enseñarían muchas cosas útiles─ para cuando fuera un hombre. Por las mañanas me dejaba bien temprano y después se iba a la lavandería.

Ella se ponía cada vez peor. Llegó un momento que ya no iba a trabajar. Se quejaba que no le daban las fuerzas ni para levantarse. La comida comenzó a hacerse poca. Nunca lo supo pero por las noches me esforcé muchísimas veces para que se sanara.  Me arrodillaba en mi cuarto, rezando para que se cure, pero parece que ellos estaban ocupados y no me escuchaban. Creo que nunca me escucharon. Mamá nunca mejoró.

Mi tía siempre me recordaba que mi madre desde chiquita fue responsable,  “y que yo también debía serlo”. Por ella no nos quedamos solos. Desde que supo que a mamá  se le hacía difícil levantarse vino a casa. Fue la única persona que la cuidó.

Un día vi que tosió en un pañuelo y quedó manchado de sangre. Sabía que era sangre porque la conocí una vez que me raspé la rodilla. Me habían dicho que la sangre nos llevaba la vida a todo el cuerpo. Me di cuenta que la vida de mamá se le estaba saliendo. Comencé a esforzarme más para que me escucharan. Rezaba a la hora de acostarme. También  rezaba tempranito en la mañana.  Siempre que podía me encerraba en mi habitación pidiéndoles a ellos que me la sanaran.

Ella murió, parece que nunca me oyeron o que no me hicieron caso. El día en que se la llevaron escuché a alguien murmurar,  “Por fin, descansará en su santo seno”.  ¿Pero no le era más fácil hacer que se sanara?  Desde que me la quitaron me enojé con ellos. Como nunca me escucharon no supe siquiera si fue al cielo.

Siempre me decían que si te portas bien irás al cielo, que todo es blanco y bonito.   En el cielo la gente no se hace vieja, no se enferma,  ni tampoco se muere, y que se es feliz por toda la eternidad. Si te portas mal te toca ir al infierno, que es un agujero tan profundo del que no se puede salir. En el infierno hay fuego por todas partes y es tan caliente que hasta las piedras se derriten;   la gente sufre y vive triste mientras pagan por su mal comportamiento.


Yo también me enfermé.  Me puse tan mal que escuchaba murmurar gente ─que no lo lograría─. ¿Lograr qué?  Eso sí, ni me preocupé siquiera de rezar a nadie, no sirvió con mi mamá  y no iba a servir conmigo. Un día me desperté tan mal que supe que se me acababa la sangre. No vi por donde se me salía pero me faltaba el aire y no me daba el ánimo para respirar.  Estaba preparado para morirme sin saber adónde iría. Al infierno no me tocaba ir, porque ya había pasado por el sin haberme portado mal, al cielo tampoco ya que tenía mis dudas de aquello de que “los niños siempre van al cielo”.

sábado, 23 de mayo de 2015

Ilusión

 Era sábado por la tarde, creo que mediados de 1991,  me encontraba en la habitación que tenia de oficina realizando unos trabajos de contabilidad, sin nadie a la espera escuché el timbre, hice caso omiso pues lo más probable sería algún vendedor ambulante, aunque la hora y el día lo hacía un poco difícil, un minuto más tarde volví a escuchar otro timbrazo, me levanté más por curiosidad que por cortesía y caminé hacia la puerta. Observé por la mirilla y al ver una señora mayor decidí abrir.
-Hola. ¿En qué le puedo ayudar?
-¡Buenas Tardes! ¡Te vendo la oportunidad de soñar!
-¿Perdone? –Respondí.
-Te ofrezco la oportunidad de soñar y ser feliz.
-No señora, no estoy interesado.
-Solo me regalaras un día de tu vida por cada sueño y tendrás momentos memorables.
-Que no me interesa –volví a decir en un tono más fuerte.
-Hijo mío, te ofrezco una oportunidad única que nunca más se te ofrecerá.
-No señora, no es necesario y por favor retírese que estoy muy ocupado. –Le dije cerrando la puerta.
Volví a mi oficina entre libretas y números, no me había bien sentado cuando otra vez sonaba el timbre:
-Señora, que no estoy interesado le he dicho. –Dije mientras abría.
-De cualquier manera te dejo  una muestra gratis y  sin ningún compromiso. –Dijo sacando una piedra brillante semitransparente, con una tonalidad azul.
-No me interesa nada, váyase de una vez  y no me moleste más–respondí golpeando la puerta.
Apenas me giré para volver a la habitación escuché dos golpes en la puerta. Me devolví para decirle a aquella señora que se alejara o llamaría a la policía, pero cuando abrí ya no estaba.  Sobre la alfombra dejó una pequeña caja de cartón de dos tapas y color crema. La abrí y allí estaba la piedra que me había mostrado. Salí a la calle con la caja en la mano para devolvérsela pero no la encontré.
 Tomé el paquete y lo dejé fuera al lado de la entrada, así si pasase la señora y se arrepentía lo tomaría sin tener que molestarme. Volví a la tranquila soledad de mi trabajo, tras unas cuantas horas sin ninguna interrupción y casi muerto del cansancio di por terminada la jornada con la curiosidad  de saber si la caja aún estaba en la entrada. Abrí la puerta y allí seguía. Pensaba que la señora ya no volvería más al menos por aquel día así que por curiosidad volví a abrir la caja y esta vez tomé la piedra.  Se sentía agradable al tacto, fría y suave, pero lo que más llamaba la atención era su color azul semitransparente.
Me quedé en el salón, encendí el televisor y me senté sobre el sofá  mientras mantenía  la roca entre mis dedos como si jugase con ella. Tan cansado estaba que sin darme cuenta me quedé dormido, pero esta vez era diferente a todas las veces que caía en el sofá, al parecer dormía y era activamente consciente.

Podía verme en el barrio en que crecí jugando a la pelota con la pandilla, pero no solo me veía jugando, sino que vivía cada segundo, como si estuviese allí en tiempo real, las pausas en el juego, las anotaciones, las bromas, y todo era tan autentico que me olvidé de mí en el sofá.  Al finalizar el partido fuimos al arroyo.  La roca inmensa en el centro del gran charco ya no estaba y ahora sí podíamos lanzarnos desde lo alto.  Tras horas y horas de tiempo con la pandilla ya se hacía de noche y debíamos irnos a casa. Al entrar por la puerta trasera estaba mi madre en la cocina, quien me recibía con alegría, como si no me hubiese visto en todo el día y la comida sobre la mesa, cené solo, pues ya todos habían terminado. Cuando mi plato estuvo vacío me fui al salón, en donde me esperaban el abuelo y mis hermanos. El abuelo estaba sentado en una mecedora y enfrente rodeándole mis hermanos, me incorporé a ellos para escuchar las historias épicas que nos regalaba el abuelo hasta caer rendidos por el sueño.

Volví a mi verdadera realidad sentado sobre el sofá, estaba impactado por la experiencia, había tenido innumerables sueños pero ninguno tan verídico y vívido como ese. Miré asombrado la piedra, como a la espera de que me diese alguna respuesta, pero solo me mostraba su brillo azul que iba perdiendo parte de su esplendor.  Me levanté, la puse dentro de la caja y la dejé en la repisa, ya era bastante tarde y había tenido suficiente, así que me di un baño y me fui a la cama, pero por más que trataba no lograba conciliar el sueño, el insomnio me mantenía en vilo junto a con los recuerdos de la experiencia previa más la inquietud del misterio que había detrás.
Duré un par de horas dando vueltas en la cama cavilando sobre el asunto, pero ya no aguantaba más, por lo que me levanté, fui a la repisa, tomé el paquete y lo llevé a la mesita de noche indeciso sobre qué hacer. Ya sin pensar mucho, me acosté y extendí la mano para destapar la caja y tomar la piedra. A diferencia de la ocasión anterior esta vez solo la sostenía en la palma de la mano mientras apretaba fuertemente.

Ahora me veía en un parque que aunque no podía identificar me resultaba familiar, era primavera y estaba sentado en una banqueta próximo a un lago, como si esperase a alguien, mientras tanto,  me entretenía arrojando migajas a las palomas. Detrás de mí apareció Mayte, me levanté, le di un fuerte abrazo que hasta la levanté del piso y le estampé un beso que nos mantuvo en silencio por un rato. Aparentemente no nos habíamos visto desde el día anterior, aunque por la euforia cualquiera hubiera imaginado que habían pasado semanas, o quizás meses desde la última vez que estuvimos juntos. Nos sentamos uno junto al otro hasta que se terminaron las migajas y a la espera que los últimos rayos del sol se vieran en el horizonte y a su vez el agua los reflejara hacia nuestras pupilas. Cuando ya estaba totalmente oscuro nos recostamos sobre la grama, mirando hacia arriba  y disfrutando de aquel cielo  sobrecargado de estrellas que animaba a quedarse allí contemplándole por toda la eternidad.

Hacían años que no la veía y estuvo allí conmigo, era demasiado;  tan real como irreal había sido. El primer sueño fue tan verídico, pero el de ahora lo sobrepasaba, Mayte estaba a mi lado y para colmo a una edad en la que ya no vivía. Simplemente era surrealista.
Sobresaltado me levanté, y dejé sobre la mesa el pedazo de roca que ya lucia más pálido e iba perdiendo color. Tenía que poner mis ideas en orden, salí de la habitación y me fui a la cocina por una bebida caliente que me ayudase a refrescar los pensamientos, pero seguía sin entender nada.
Ya sin la posibilidad de encontrar respuesta, al menos por aquella noche, encendí la tele, pero todos los canales estaban fuera del aire, así que me quedé con el ruido de fondo de algún canal sin emisión y que sin dudas me ayudaría a conciliar el sueño, aún no pudiera sacarme a Mayte de la cabeza.
Desperté ya de mañana  con el ruido de los dibujos animados de domingo y el calor de los rayos de sol que se colaban por la ventana y me quemaban la piel. Me incorporé, tomé un desayuno bien ligero y salí a mi acostumbrada caminata de domingo, mientras daba vueltas a los acontecimientos del día anterior.
Regresé a casa al medio día tomé una ducha y mientras me cambiaba observaba la piedra deseando volver a ver a Mayte. Sin pensarlo me lancé sobre la cama piedra en mano a la espera de volver a ver a verla.

Y volvía a verla. Debía ser domingo porque era tarde y aún seguíamos en la cama. Dormía a mi lado aunque me daba la espalda, podía sentir debajo de las sábanas el calor de su tibio cuerpo. Me acerqué aún más y la abracé, se giró y le contemplé.

Regresé a mi soledad en la cama, la piedra brillante era ahora un simple pedrusco inerte, pálido y sin brillo alguno. Froté y froté sin conseguir sacar ningún sueño o brillo, aparentemente mi muestra gratis había terminado.


Desde entonces han pasado más de treinta años, todavía duermo con la roca pálida entre mis manos, la señora que me regaló aquella condena seguro que no ya vive más aunque espero cada tarde de sábado a que venga, igualmente voy pendiente por las calles con la ilusión de encontrar alguna roca que me regrese a mi infancia, que me ayude a recordar las cosas vividas, que me regrese a  Mayte, y que me dé la oportunidad de ver cómo nos añejamos juntos.

viernes, 10 de abril de 2015

Renacer

Giré la llave, abrí la puerta y con la escasa luz que se filtraba por las cortinas podía ver que aún  estaba al fondo el escritorio y detrás la silla que se interponía al ventanal.  A la derecha pegado a la pared el sofá de cuero que contrastaba con el piso de granito y en el que tantas veces me había sentado, con miedo a tropezarme con la mesa que debía de estar  en frente del sofá caminé con cuidado hasta llegar a la ventana y deslicé la cortina para que entrase la luz de la tarde.
Me había llamado mi cuñada, aquella sobria, insípida y correcta mujer que conocí unos trece años antes y que en principio se veía tan seria y formal que parecía no era capaz de albergar alma alguna, pero que según la fui conociendo descubrí que era una persona noble, afectuosa y con necesidad de complementar a quien fuese digno de su compañía, tanto así, que llegué compararla con un piolet que cualquiera desearía atesorar en la ardua escalada de la vida.
Me senté en el sillón observando la habitación desde una perspectiva que nunca antes había tenido, tomé el portarretrato con la foto de ellos dos de encima del escritorio, lo contemple por unos segundos, primero a él con nostalgia, y luego a ella con su rostro frio pero con ternura.
Devolví la foto a su sitio y me recliné, miré al techo mientras veía el abanico con las aspas de cartón-madera desniveladas hacia abajo a causa del tiempo  y el desuso, la puerta entre abierta, el paraguas al lado de la entrada, como si como si estuviese expectante a la espera  de la lluvia para ser usado y lucirse, los armarios repletos de libros, a la izquierda los equipos electrónicos que no habían sido encendidos en hacía mucho tiempo de donde llamaba la atención el destornillador multiusos que resaltaba como si se hubiese quedado fuera de su sitio pendiente de ser guardado.
Martha tocó a la puerta interrumpiendo mi soledad.
-¿Te apetece algo de tomar?
- Agua, sino es molestia- respondí.
-Ya sabes que no lo es.- Y se retiró
Volví a la foto, esta vez mirándola sin siquiera tocarla, admirando aquella pareja, así que me levanté de aquel puesto que no me pertenecía  y me senté en el sofá mirando los libreros y redescubriendo cada detalle…
Martha volvió a tocar.
-Adelante.
Entró pausadamente, con un vaso de agua helada en la mano derecha y abrazándose con la izquierda mientras se acercaba. Colocó el vaso sobre la mesa y se sentó al otro extremo del sofá.
-¿Por qué esta todo intacto? – pregunté inclinándome hacia adelante para tomar un poco de agua.
-Porque en todo este tiempo nadie más había vuelto a entrar.
-¿Ni siquiera tú?
-No tenía razón alguna para hacerlo, pero ya es tiempo.
-¿Y te quieres deshacer de todo?
Después de un largo silencio Martha respondió:
-No sé, no quiero que se tire todo y mucho menos buscar entre sus cosas, nunca lo hice y no pretendo hacerlo ahora.
-¿Por eso me llamaste?
-Supongo que sí.
Tomé un par de sorbos de agua a la vez que la veía pellizcarse las uñas y le dije:
-¿Sabías que mamá te echa de menos?
-Sí, aún me llama de vez en cuando, aunque me cuesta devolverle las llamadas.
-¿Pero si siempre te has llevado bien con ella? – inquirí mirándole a los ojos.
-Sí, pero no es tan fácil, las cosas no son blanco o negro, es que ustedes, tú… Siempre han sido tan generosos conmigo que a veces… – Se detuvo bajando la mirada.­
Sin saber qué decir y respetando su aparente intención de no dar más detalles terminé  el agua tratando de quitarme el nudo en la garganta. Fui a colocar el vaso torpemente sobre la mesa pero se me cayó sobre el piso  rompiéndose al instante.
-Déjalo, ya lo recojo.- Dijo levantándose y saliendo de la habitación en busca de la pala y la escoba.
Traté de recoger los trozos más grandes y terminé clavándome en la palma de una mano un pedazo que sobresalía de la base del vaso,  comencé  a sangrar y me llevé la herida a la boca.
Con la otra mano saqué del bolsillo la cartera de cuero casi desintegrándose, pero que todavía hoy no abandono por el apego de tantos años.  La abrí como pude y  saqué una tirita (curita o band-aid)  apenas servible. En eso entra Martha mirando el episodio y me dice:
-¿Que ha pasado? Si te dije que lo recogía.
-¿Me ayudas a destaparla? 
le dije mostrando la tirita mientras mantenía la palma de la mano en la boca.
La tomó, la destapó y sentándose en el sofá junto a mí me dijo:
-Déjame ver.
Tomó mi mano y me colocó la tirita despacito, primero el centro justo en donde estaba el pinchazo, después un extremo pasando  su índice sobre este, luego el otro extremo, repitiendo la misma operación, y posteriormente sobre toda la tirilla una y otra vez, una y otra vez, como si intentara con sus dedos redescubrir la palma de mi mano, hasta que toqué su pelo para deslizarse un mechón y me miró a los ojos. Se incorporó, tratando de recoger cada pedacito invisible de vidrio, pasando la escoba por toda área, mientras yo solamente la observaba. Al terminar pensé que se iría, pero puso la pala y la escoba del lado de afuera de la puerta, y regresó a su espacio en el sofá y luego de un corto silencio dijo:
-¿Sabes que  en estos dos años me he tenido que acostumbrar a vivir sola?
Me quedé inerte, a la espera que dijera algo más.
-Siempre respeté a tu hermano, siempre respetaré su memoria, atesoro sus recuerdos como los mejores años de mi vida y los tendré allí mientras memoria tenga.
Martha hizo una pausa y luego prosiguió:
-Pero al mismo tiempo ya no puedo seguir en lo mismo, del pasado solo quedan recuerdos y tengo que seguir viviendo -terminó entre sollozos.
Me acerqué, la abracé y le susurré:
-Tranquila, no tienes prisa, tienes toda tu vida por delante.
Me abrazó más fuerte y continué:
-Y sólo a ti te la debes.
Su llanto se detuvo, se separó y me miro a los ojos, por lo que me levanté del sofá, cerré las cortinas y salí de la habitación, Martha siguió mis pasos, cerró la puerta, tomo la pala y la escoba, y se dirigía a la cocina mientras yo iba tras ella...

miércoles, 18 de marzo de 2015

Destierro

Un día me tocó ver una vieja foto en sepia de una niña inmigrante rodeada de maletas dónde podía notar la tristeza de su rostro. Esa misma noche solo pensaba en cuando podría regresar a casa.

viernes, 13 de marzo de 2015

Recuerdo…


Eran las nueve y media de la noche cuando llegó a casa, sobre la silla, que se encontraba al pie de la cama, estaba el pantalón caquis con que su pareja había ido a trabajar y justo al lado, enrollada en sí, la correa de color cuero que le había regalado por San Valentín.

Se quitó la ropa que había llevado puesta todo el día y se puso cómoda,  fue a la cocina, tomó una ensalada que él le había dejado en el refrigerador, caminó al salón, miró la hora en el reloj de la pared, encendió la TV y se dejó caer sobre el sofá. 

Al primer corte comercial, se levantó, llevó el plato a la cocina, y regresó para continuar lo que veía, pero antes que finalizase la programación cayó rendida.

Tras lo que presumía era media hora abrió los ojos, volvió a mirar la hora y se dio cuenta que ya era más de media noche, así que arrastrando los pies se dirigió a la habitación.  Entre penumbras se tiró sobre la cama y sintiendo que estaba vacía, se volteó boca arriba, levantó un poco la cabeza y vio que él no estaba, encendió la lámpara, volvió a  mirar la hora, apagó la luz y dijo mientras se acostaba echándose la sábana encima: 

-Más le vale que llegue rápido. 

Eran las seis de la mañana cuando la alarma del reloj se disparó, estiró el brazo y sintió que aún permanecía frío el otro lado de la cama. Se incorporó y se dio cuenta que él no había regresado,  así que inmediatamente tomó el teléfono, le marcó y comenzaron a escucharse los  sonidos del aparato vibrando dentro de la habitación.  Se levantó tan rápido que casi se cae de su propio pie y siguiendo el sonido que venía del pantalón, palpó la prenda, y de uno de los bolsillos sacó el teléfono que ella misma le había regalado.

Sin saber a quién consultar ni cómo contactarle, se sentó a la orilla de la cama, desbloqueó el teléfono con la contraseña como muchas veces antes había hecho,  contraseña que había conseguido gracias a su pericia y paciencia, que solo fue cuestión de tiempo descifrar, pues un día observaba un número, al día siguiente otro, hasta que pudo armar toda la secuencia. Al igual que había hecho en innumerables ocasiones revisó minuciosamente el contenido del teléfono entre mensajes, llamadas y demás, no encontrando nada fuera de lo ordinario.

Tomó el pantalón, revisó cada uno de los bolsillos en busca de más pistas y encontró en ellos las llaves y la billetera que le había regalado por su cumpleaños, que inmediatamente abrió y dentro de la cual encontró su propia foto desteñía de hacía ya mucho tiempo, siguió buscando hasta que luego de hurgar cada milímetro no encontró más nada.

Agarró otra vez  el teléfono, buscó el número de uno de los que fueron su amigo, marcó y tras varios intentos solo consiguió dar con el buzón de voz.

Sobre la silla había un sobre que no había visto, lo tomó y abrió con tal rapidez que terminó en varias partes esparcido sobre el suelo y quedando con una carta en la mano que desdobló y entonces comenzó a leer: 



Ana,

No sé cómo empezar, así que lo haré desde el principio, recordando aquel día que te conocí en mi camino a casa. Aún al día de hoy no puedo olvidar aquella sonrisa al mirarte, la causa principal por la que tomé fuerzas para acercarme a ti, a pesar de que me temblaban las piernas de  las toneladas de peso encima que tenía de la vergüenza, pero aun así, aquella tierna sonrisa y las ganas de volver a ver a verte pudieron más que el miedo mismo.

Recuerdo nuestra primera cita, nada esplendido  ni del otro mundo, aunque si tan simple y tan sublime, recuerdo las sonrisas vergonzosas del primer encuentro, nuestra caminata juntos por el malecón,  a pesar de la posibilidad de lluvia que había, y que de hecho terminamos empapados…

Recuerdo, aquella primera noche que pasamos juntos, recuerdo el aroma a  frutas de tu pelo, y a la vez cómo tu piel respondía a cada caricia…

Recuerdo cómo jugábamos y compartíamos al amanecer, y tus pequeñas manos que se perdían  en las mías, cómo hablábamos por horas y a pesar de tu pelo desgreñado y las marcas de la cama en tus mejillas, aún seguía allí esa sonrisa capaz de hacerme embelesar como a un tonto... 

Recuerdo cuando me llevaste casa de tus padres y cómo casi se combinan  los nervios y los intestinos para traicionarme mientras me esforzaba por demostrar que era digno de aquella “princesita de papá”.

Recuerdo cuán feliz éramos con simplezas cómo un una botella de vino y una película en la tele,  podíamos pasar horas y horas sentados uno junto al otro, mientras  llegábamos a un punto que no recordábamos que veíamos y ni importaba.

Recuerdo cómo en un principio agradabas a mi familia, cómo le buscabas la vuelta a mi madre a pesar de sus exigencias, pero sobre todo, recuerdo cómo fuiste la única que llegó a sentarse en la mesa junto a ellos como si fueses un miembro más.

Recuerdo cómo fui dejando de lado mis amigos de tantos años, por pasar más tiempo contigo, cómo no había secretos entre nosotros y cómo confiábamos el uno en el otro.

Recuerdo cómo con el tiempo debía sobre-esforzarme, para ser capaz de sorprenderte, a tal punto que ya ni te inmutabas.

Recuerdo cómo el tiempo comenzó a hacer mella entre nosotros, y cómo las cosas bonitas pasaron a ser rutina.

Recuerdo cómo la rutina comenzó a hacer estragos en nosotros, y cómo la confianza se fue degradado.

Recuerdo cómo el tiempo comenzó a sacar una parte de ti que antes no conocía, cómo aquella noche en que llegué un poco tarde me armaste la bronca,  a pesar de que sabías que andaba con mis compañeros de tantos años.

Recuerdo con vergüenza el día que gritabas cómo loca, que ya luego al salir por el vecindario me daba vergüenza con todo el mundo.

Más lo que no logro recordar es cómo llegamos a este punto, en que pretendes que sea una simple marioneta en mi afán de querer estar contigo… 

Ana dio la vuelta a la página para ver si había algo más, pero el otro lado estaba en blanco, miró a su alrededor en busca de quien sabe qué, pero lo único que encontró fue aquel pantalón que ella misma había comprado, que tomó y sostuvo en su cara ahogando su llanto.

Fin

miércoles, 4 de marzo de 2015

La Puerta



-Vete de aquí. ¿Oiste?-Me dijo aquel señor de pelo blanco y barba abundante mientras me cerraba en la cara la puerta de la habitación de mis padres. Estaba seguro que le había visto antes, no sé con exactitud cuántas veces, pero sí que indudablemente había sido en alguna visita en las que hacía al pueblo junto a mi madre.

Mamá por aquella época era todavía joven, y se dedicaba a los afanes del hogar, parecía que su único trabajo era cuidar de la casa y atendernos a mi padre y a mí, además pasábamos mucho tiempo junto, pues todavía no iba a la escuela.

Rara vez venía visita a casa, pero cuando ocurría solía ser durante el día y era recibida en una pequeña galería que había en la parte delantera y que daba hacia la calle.

Recuerdo que aquella noche hacía un calor de infierno, eran unos de esos días donde nadie cierra puertas hasta el último segundo, a la espera de aprovechar la entrada de cada poquito de aire fresco desde donde viniese, sin embargo, el que la cerraran justo delante de mí, aún a mi corta edad me parecía extraño.

Me quedé sentado en el pasillo, desde donde podía observar fijamente la puerta de la habitación, más lo único que llegaba a ver eran los vibrantes destellos de luz que se escapaban por la rendija, y que se movían al ritmo del vaivén de la llama que iluminaba desde dentro la habitación.

Mi padre era maquinista del ferrocarril, que pueda recordar era el único trabajo que había tenido. Salía con frecuencia de madrugada y no llegaba hasta el día siguiente bien entrada la noche, esto ocurría entre dos y tres veces por semana. El día anterior había salido a trabajar y aunque siempre cuando regresaba me encontraba dormido, aquella extraña situación me animaba a ansiar su llegada.

Ajeno a lo que ocurría dentro de aquella habitación permanecía sentado sobre el fresco piso de cemento, recostado sobre la pared y abrazando mis piernas, a la espera de alguna explicación.

Por momentos parecía escuchar algún sollozo de mi madre, pero era tranquilizada por la misma voz que me alejó de ella. El tiempo pasaba sin darme cuenta de los minutos ni las horas, mientras mi cabeza caía rendida sobre mis rodillas a causa del sueño, hasta que la incomodidad de la posición me hacía volver a mi vigilia, aquello ocurría una y otra vez hasta que escuché un fuerte grito, jamás había escuchado a mi madre gritar así, me sentía impaciente, no sabía qué hacer, la incertidumbre era tal que lo único que podía hacer era tocar y tocar a la espera que contestasen pero parecían ignorarme, poco despues se calmaban los gritos, todo volvía al silencio y regresaba a mi posición en el pasillo.

Hubo un momento en que mamá comenzó a gritar con tal fuerza, que ya parecía insoportable, en un momento de desesperación, impotencia o rabia sentía que algo dentro de mi estaba a punto de explotar mientras gritaba y golpeaba con todas mis fuerzas y tan rápido como podía aquella barrera que me separaba de mamá, hasta que se abrió la puerta, y salió de la habitación una señora bastante joven a quien no había visto entrar, se limpió las manos en el delantal y me levanto de brazos, me cargó y me susurraba al oído mientras me llevaba a mi habitación:

-Tranquilo, todo estará bien.-

Se sentó sobre mi cama mientras me apoyaba en su regazo y me balanceaba, como lo hacía mi madre en tantas ocasiones. Mis llantos se iban calmando, mientras caía rendido confortado entre sus brazos.

No sé cuánto tiempo pasó, pero me despertó la voz de mi padre; trataba de acomodar mis ideas, me cargó entre sus brazos y al pasar por el pasillo recordé lo que antes había ocurrido, con tal desconcierto trataba de explicarle todo, más parecía que no podía decir nada coherente en mí afán de contar todo de una sola vez, mientras él con un tono comprensivo se limitaba a decir una y otra vez:

-Shhhh, ya estoy aquí, ya estoy aquí.

Volví a la calma, y en toda la casa no se escuchaba absolutamente nada, así que pregunté:

-¿Dónde está mamá?

Sin nada más que decir, mi padre quien aún me mantenía entre sus brazos, me llevó a la habitación, pasando por aquella puerta que antes habían cerrado justo en frente de mí, y allí sobre la cama estaba ella, parecía rendida de la tanda que había tenido antes y dirigiéndose a modo de susurro para no despertarla me dijo:

-¿Ves ese que está allí a su lado? Ese es tu hermanito.


Fin.