viernes, 13 de marzo de 2015

Recuerdo…


Eran las nueve y media de la noche cuando llegó a casa, sobre la silla, que se encontraba al pie de la cama, estaba el pantalón caquis con que su pareja había ido a trabajar y justo al lado, enrollada en sí, la correa de color cuero que le había regalado por San Valentín.

Se quitó la ropa que había llevado puesta todo el día y se puso cómoda,  fue a la cocina, tomó una ensalada que él le había dejado en el refrigerador, caminó al salón, miró la hora en el reloj de la pared, encendió la TV y se dejó caer sobre el sofá. 

Al primer corte comercial, se levantó, llevó el plato a la cocina, y regresó para continuar lo que veía, pero antes que finalizase la programación cayó rendida.

Tras lo que presumía era media hora abrió los ojos, volvió a mirar la hora y se dio cuenta que ya era más de media noche, así que arrastrando los pies se dirigió a la habitación.  Entre penumbras se tiró sobre la cama y sintiendo que estaba vacía, se volteó boca arriba, levantó un poco la cabeza y vio que él no estaba, encendió la lámpara, volvió a  mirar la hora, apagó la luz y dijo mientras se acostaba echándose la sábana encima: 

-Más le vale que llegue rápido. 

Eran las seis de la mañana cuando la alarma del reloj se disparó, estiró el brazo y sintió que aún permanecía frío el otro lado de la cama. Se incorporó y se dio cuenta que él no había regresado,  así que inmediatamente tomó el teléfono, le marcó y comenzaron a escucharse los  sonidos del aparato vibrando dentro de la habitación.  Se levantó tan rápido que casi se cae de su propio pie y siguiendo el sonido que venía del pantalón, palpó la prenda, y de uno de los bolsillos sacó el teléfono que ella misma le había regalado.

Sin saber a quién consultar ni cómo contactarle, se sentó a la orilla de la cama, desbloqueó el teléfono con la contraseña como muchas veces antes había hecho,  contraseña que había conseguido gracias a su pericia y paciencia, que solo fue cuestión de tiempo descifrar, pues un día observaba un número, al día siguiente otro, hasta que pudo armar toda la secuencia. Al igual que había hecho en innumerables ocasiones revisó minuciosamente el contenido del teléfono entre mensajes, llamadas y demás, no encontrando nada fuera de lo ordinario.

Tomó el pantalón, revisó cada uno de los bolsillos en busca de más pistas y encontró en ellos las llaves y la billetera que le había regalado por su cumpleaños, que inmediatamente abrió y dentro de la cual encontró su propia foto desteñía de hacía ya mucho tiempo, siguió buscando hasta que luego de hurgar cada milímetro no encontró más nada.

Agarró otra vez  el teléfono, buscó el número de uno de los que fueron su amigo, marcó y tras varios intentos solo consiguió dar con el buzón de voz.

Sobre la silla había un sobre que no había visto, lo tomó y abrió con tal rapidez que terminó en varias partes esparcido sobre el suelo y quedando con una carta en la mano que desdobló y entonces comenzó a leer: 



Ana,

No sé cómo empezar, así que lo haré desde el principio, recordando aquel día que te conocí en mi camino a casa. Aún al día de hoy no puedo olvidar aquella sonrisa al mirarte, la causa principal por la que tomé fuerzas para acercarme a ti, a pesar de que me temblaban las piernas de  las toneladas de peso encima que tenía de la vergüenza, pero aun así, aquella tierna sonrisa y las ganas de volver a ver a verte pudieron más que el miedo mismo.

Recuerdo nuestra primera cita, nada esplendido  ni del otro mundo, aunque si tan simple y tan sublime, recuerdo las sonrisas vergonzosas del primer encuentro, nuestra caminata juntos por el malecón,  a pesar de la posibilidad de lluvia que había, y que de hecho terminamos empapados…

Recuerdo, aquella primera noche que pasamos juntos, recuerdo el aroma a  frutas de tu pelo, y a la vez cómo tu piel respondía a cada caricia…

Recuerdo cómo jugábamos y compartíamos al amanecer, y tus pequeñas manos que se perdían  en las mías, cómo hablábamos por horas y a pesar de tu pelo desgreñado y las marcas de la cama en tus mejillas, aún seguía allí esa sonrisa capaz de hacerme embelesar como a un tonto... 

Recuerdo cuando me llevaste casa de tus padres y cómo casi se combinan  los nervios y los intestinos para traicionarme mientras me esforzaba por demostrar que era digno de aquella “princesita de papá”.

Recuerdo cuán feliz éramos con simplezas cómo un una botella de vino y una película en la tele,  podíamos pasar horas y horas sentados uno junto al otro, mientras  llegábamos a un punto que no recordábamos que veíamos y ni importaba.

Recuerdo cómo en un principio agradabas a mi familia, cómo le buscabas la vuelta a mi madre a pesar de sus exigencias, pero sobre todo, recuerdo cómo fuiste la única que llegó a sentarse en la mesa junto a ellos como si fueses un miembro más.

Recuerdo cómo fui dejando de lado mis amigos de tantos años, por pasar más tiempo contigo, cómo no había secretos entre nosotros y cómo confiábamos el uno en el otro.

Recuerdo cómo con el tiempo debía sobre-esforzarme, para ser capaz de sorprenderte, a tal punto que ya ni te inmutabas.

Recuerdo cómo el tiempo comenzó a hacer mella entre nosotros, y cómo las cosas bonitas pasaron a ser rutina.

Recuerdo cómo la rutina comenzó a hacer estragos en nosotros, y cómo la confianza se fue degradado.

Recuerdo cómo el tiempo comenzó a sacar una parte de ti que antes no conocía, cómo aquella noche en que llegué un poco tarde me armaste la bronca,  a pesar de que sabías que andaba con mis compañeros de tantos años.

Recuerdo con vergüenza el día que gritabas cómo loca, que ya luego al salir por el vecindario me daba vergüenza con todo el mundo.

Más lo que no logro recordar es cómo llegamos a este punto, en que pretendes que sea una simple marioneta en mi afán de querer estar contigo… 

Ana dio la vuelta a la página para ver si había algo más, pero el otro lado estaba en blanco, miró a su alrededor en busca de quien sabe qué, pero lo único que encontró fue aquel pantalón que ella misma había comprado, que tomó y sostuvo en su cara ahogando su llanto.

Fin

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