Hasta que te Perdí
Parecía que fue ayer cuando estábamos juntos, sin embargo,
ya han pasado algo más de dos años y aún me encuentro sin saber cuándo comenzó
a crecer la distancia entre nosotros ni cuando comencé a perderte.
En un principio, pensaba era un distanciamiento ordinario y
temporal, de esos vaivenes que son típicos de toda relación, pues de repente te
alejabas, y al rato siguiente, sobre todo cuando más te necesitaba, volvías a mi lado. Quizás por eso no le había dado la
importancia que merecía a aquella situación y subestimé cada una de esos
"intentos de fuga", pues a final del día siempre estabas y era lo único que me importaba.
No obstante cada semana que pasaba se hacía más largo aquel
trecho entre nuestros ser, tanto así que te habrías marchado en menos de un par
de meses de no haber sido por la influencia de terceros, que al darse cuenta
las cosas no iban bien entre nosotros nos apoyaron para que siguieras a mi lado
y así intentáramos seguir por el mismo camino.
Durante las siguientes semanas permaneciste a mi lado, en
raras ocasiones te alejabas por ratos esporádicos pero siempre regresabas. En
esos días pasábamos muchos momentos de cercanía, de intimidad, de afección y
felicidad comparados con los de angustia, hasta tal punto que di por hecho que estarías
conmigo para siempre, Más luego sentí cierta indiferencia. Había olvidado que
lo que nos unía no era eterno, y que aún existía la posibilidad que te
marcharas, pero en aquel idilio que quizás solo existía en mi cabeza me
aferraba más a ti, no quería nada en esta vida si no era para disfrutarlo junto
a ti, por lo que cambie de casa y de vida tan solo para que no pensaras en
marcharte.
Con aquel cambio de vida hubo un resurgir en nuestra
relación, la cercanía, el deseo, la esperanza, el amor y todo lo demás que nos
unía volvieron a florecer, parecía que la primavera resurgía entre tú y yo, que volvíamos a ser solo uno, que eras mi
complemento perfecto, mi consejera, mi amiga, mi aliada, mi todo, hasta el día
en que volvió atrás el cambio, en que volví a ser lo que en esencia era y allí
me demostraste que tu compañía estaba condicionada.
Y fue cuando comenzó
la verdadera inestabilidad en nuestra relación. Parecías estar a mi lado pero
ausente, y ya no por ratos esporádicos, sino por días hasta semanas. Sin saber qué hacer y buscando la manera de no
perderte, volví a hacer cambios en mi para ver si con aquello era suficiente y
parecía que si, por unos meses más pensaba que lo sería, aunque el vaivén entre
nosotros se mantenían, pero luego, sin esperarlo ni preverlo, mientras me
empeñaba en seguir conservándote a costa de pequeños cambios, aquello que nos unía comenzó a derrumbarse, de
tal forma que te alejabas y por más que intentaba estar a tu lado más te desvanecías
en la distancia, tal cual como si cayera por un barranco de tierra y piedras
sueltas, donde por más esfuerzos que hacía por volver a la cima terminaba deslizándome más y más hacia un
precipicio.
Una noche de verano mientras dormía contigo entre mis brazos
sigilosamente te levantaste sin que pudiera sentir movimiento alguno, sin que
pudiera percibir el instante exacto en que te marchabas saliste de la
habitación, llegaste a la sala, atravesaste la puerta de la casa y te fuiste
por la calle sin mirar atrás, sin coger tus cosas, sin siquiera decir un hasta
luego y mucho menos un adiós.
Ya he perdido la cuenta de cuanto hace de aquel día,
mientras tanto, de lo único que tengo
certeza es que estoy aquí tendido en la misma cama en donde me dejaste,
esperándote, deseándote, añorándote, extrañándote, anhelándote, y es cuando me
doy cuenta de cuanta falta me haces.
Aquel día cuando te fuiste, te llevaste contigo todos mis
sueños, mis esperanzas, mis ilusiones, mis deseos, mis ganas de amar, vivir y
soñar, en fin, te llevaste toda mi vida, todo mi ser. ¡Oh cordura mía, no soy
nada sin ti!