miércoles, 4 de marzo de 2015

La Puerta



-Vete de aquí. ¿Oiste?-Me dijo aquel señor de pelo blanco y barba abundante mientras me cerraba en la cara la puerta de la habitación de mis padres. Estaba seguro que le había visto antes, no sé con exactitud cuántas veces, pero sí que indudablemente había sido en alguna visita en las que hacía al pueblo junto a mi madre.

Mamá por aquella época era todavía joven, y se dedicaba a los afanes del hogar, parecía que su único trabajo era cuidar de la casa y atendernos a mi padre y a mí, además pasábamos mucho tiempo junto, pues todavía no iba a la escuela.

Rara vez venía visita a casa, pero cuando ocurría solía ser durante el día y era recibida en una pequeña galería que había en la parte delantera y que daba hacia la calle.

Recuerdo que aquella noche hacía un calor de infierno, eran unos de esos días donde nadie cierra puertas hasta el último segundo, a la espera de aprovechar la entrada de cada poquito de aire fresco desde donde viniese, sin embargo, el que la cerraran justo delante de mí, aún a mi corta edad me parecía extraño.

Me quedé sentado en el pasillo, desde donde podía observar fijamente la puerta de la habitación, más lo único que llegaba a ver eran los vibrantes destellos de luz que se escapaban por la rendija, y que se movían al ritmo del vaivén de la llama que iluminaba desde dentro la habitación.

Mi padre era maquinista del ferrocarril, que pueda recordar era el único trabajo que había tenido. Salía con frecuencia de madrugada y no llegaba hasta el día siguiente bien entrada la noche, esto ocurría entre dos y tres veces por semana. El día anterior había salido a trabajar y aunque siempre cuando regresaba me encontraba dormido, aquella extraña situación me animaba a ansiar su llegada.

Ajeno a lo que ocurría dentro de aquella habitación permanecía sentado sobre el fresco piso de cemento, recostado sobre la pared y abrazando mis piernas, a la espera de alguna explicación.

Por momentos parecía escuchar algún sollozo de mi madre, pero era tranquilizada por la misma voz que me alejó de ella. El tiempo pasaba sin darme cuenta de los minutos ni las horas, mientras mi cabeza caía rendida sobre mis rodillas a causa del sueño, hasta que la incomodidad de la posición me hacía volver a mi vigilia, aquello ocurría una y otra vez hasta que escuché un fuerte grito, jamás había escuchado a mi madre gritar así, me sentía impaciente, no sabía qué hacer, la incertidumbre era tal que lo único que podía hacer era tocar y tocar a la espera que contestasen pero parecían ignorarme, poco despues se calmaban los gritos, todo volvía al silencio y regresaba a mi posición en el pasillo.

Hubo un momento en que mamá comenzó a gritar con tal fuerza, que ya parecía insoportable, en un momento de desesperación, impotencia o rabia sentía que algo dentro de mi estaba a punto de explotar mientras gritaba y golpeaba con todas mis fuerzas y tan rápido como podía aquella barrera que me separaba de mamá, hasta que se abrió la puerta, y salió de la habitación una señora bastante joven a quien no había visto entrar, se limpió las manos en el delantal y me levanto de brazos, me cargó y me susurraba al oído mientras me llevaba a mi habitación:

-Tranquilo, todo estará bien.-

Se sentó sobre mi cama mientras me apoyaba en su regazo y me balanceaba, como lo hacía mi madre en tantas ocasiones. Mis llantos se iban calmando, mientras caía rendido confortado entre sus brazos.

No sé cuánto tiempo pasó, pero me despertó la voz de mi padre; trataba de acomodar mis ideas, me cargó entre sus brazos y al pasar por el pasillo recordé lo que antes había ocurrido, con tal desconcierto trataba de explicarle todo, más parecía que no podía decir nada coherente en mí afán de contar todo de una sola vez, mientras él con un tono comprensivo se limitaba a decir una y otra vez:

-Shhhh, ya estoy aquí, ya estoy aquí.

Volví a la calma, y en toda la casa no se escuchaba absolutamente nada, así que pregunté:

-¿Dónde está mamá?

Sin nada más que decir, mi padre quien aún me mantenía entre sus brazos, me llevó a la habitación, pasando por aquella puerta que antes habían cerrado justo en frente de mí, y allí sobre la cama estaba ella, parecía rendida de la tanda que había tenido antes y dirigiéndose a modo de susurro para no despertarla me dijo:

-¿Ves ese que está allí a su lado? Ese es tu hermanito.


Fin.

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