-Vete de aquí. ¿Oiste?-Me dijo aquel señor de pelo
blanco y barba abundante mientras me cerraba en la cara la puerta de la habitación
de mis padres. Estaba seguro que le había visto antes, no sé con exactitud cuántas
veces, pero sí que indudablemente había sido en alguna visita en las que
hacía al pueblo junto a mi madre.
Mamá por aquella época era todavía joven, y se
dedicaba a los afanes del hogar, parecía que su único trabajo era cuidar de la
casa y atendernos a mi padre y a mí, además pasábamos mucho tiempo junto, pues todavía
no iba a la escuela.
Rara vez venía visita a casa, pero cuando ocurría
solía ser durante el día y era recibida en una pequeña galería que había en la
parte delantera y que daba hacia la calle.
Recuerdo que aquella noche hacía un calor de
infierno, eran unos de esos días donde nadie cierra puertas hasta el último
segundo, a la espera de aprovechar la entrada de cada poquito de aire fresco
desde donde viniese, sin embargo, el que la cerraran justo delante de mí, aún a
mi corta edad me parecía extraño.
Me quedé sentado en el pasillo, desde donde podía
observar fijamente la puerta de la habitación, más lo único que llegaba a ver
eran los vibrantes destellos de luz que se escapaban por la rendija, y que se
movían al ritmo del vaivén de la llama que iluminaba desde dentro la
habitación.
Mi padre era maquinista del ferrocarril, que pueda
recordar era el único trabajo que había tenido. Salía con frecuencia de
madrugada y no llegaba hasta el día siguiente bien entrada la noche, esto ocurría
entre dos y tres veces por semana. El día anterior había salido a trabajar y aunque
siempre cuando regresaba me encontraba dormido, aquella extraña situación me
animaba a ansiar su llegada.
Ajeno a lo que ocurría dentro de aquella habitación
permanecía sentado sobre el fresco piso de cemento, recostado sobre la pared y
abrazando mis piernas, a la espera de alguna explicación.
Por momentos parecía escuchar algún sollozo de mi
madre, pero era tranquilizada por la misma voz que me alejó de ella. El tiempo
pasaba sin darme cuenta de los minutos ni las horas, mientras mi cabeza caía
rendida sobre mis rodillas a causa del sueño, hasta que la incomodidad de la
posición me hacía volver a mi vigilia, aquello ocurría una y otra vez hasta que
escuché un fuerte grito, jamás había escuchado a mi madre gritar así, me sentía
impaciente, no sabía qué hacer, la incertidumbre era tal que lo único que podía
hacer era tocar y tocar a la espera que contestasen pero parecían ignorarme, poco despues se calmaban los gritos, todo volvía al silencio y regresaba a mi posición en el
pasillo.
Hubo un momento en que mamá comenzó a gritar con tal
fuerza, que ya parecía insoportable, en un momento de desesperación, impotencia
o rabia sentía que algo dentro de mi estaba a punto de explotar mientras gritaba
y golpeaba con todas mis fuerzas y tan rápido como podía aquella barrera que me
separaba de mamá, hasta que se abrió la puerta, y salió de la habitación una
señora bastante joven a quien no había visto entrar, se limpió las manos en el delantal y me levanto de brazos, me cargó y me susurraba al oído mientras me
llevaba a mi habitación:
-Tranquilo, todo estará bien.-
Se sentó sobre mi cama mientras me apoyaba en su
regazo y me balanceaba, como lo hacía mi madre en tantas ocasiones. Mis llantos
se iban calmando, mientras caía rendido confortado entre sus brazos.
No sé cuánto tiempo pasó, pero me despertó la voz de
mi padre; trataba de acomodar mis ideas, me cargó entre sus brazos y al pasar
por el pasillo recordé lo que antes había ocurrido, con tal desconcierto
trataba de explicarle todo, más parecía que no podía decir nada coherente en mí
afán de contar todo de una sola vez, mientras él con un tono comprensivo se
limitaba a decir una y otra vez:
-Shhhh, ya estoy aquí, ya estoy aquí.
Volví a la calma, y en toda la casa no se escuchaba
absolutamente nada, así que pregunté:
-¿Dónde
está mamá?
Sin nada más que decir, mi padre quien aún me
mantenía entre sus brazos, me llevó a la habitación, pasando por aquella puerta
que antes habían cerrado justo en frente de mí, y allí sobre la cama estaba
ella, parecía rendida de la tanda que había tenido antes y dirigiéndose a modo
de susurro para no despertarla me dijo:
-¿Ves ese que está allí a su lado? Ese es tu
hermanito.
Fin.
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