miércoles, 31 de julio de 2013

Hasta que te Perdí



Hasta que te Perdí


Parecía que fue ayer cuando estábamos juntos, sin embargo, ya han pasado algo más de dos años y aún me encuentro sin saber cuándo comenzó a crecer la distancia entre nosotros ni cuando comencé a perderte.

En un principio, pensaba era un distanciamiento ordinario y temporal, de esos vaivenes que son típicos de toda relación, pues de repente te alejabas, y al rato siguiente, sobre todo cuando más te necesitaba, volvías a  mi lado. Quizás por eso no le había dado la importancia que merecía a aquella situación y subestimé cada una de esos "intentos de fuga", pues a final del día siempre estabas  y era lo único que me importaba.

No obstante cada semana que pasaba se hacía más largo aquel trecho entre nuestros ser, tanto así que te habrías marchado en menos de un par de meses de no haber sido por la influencia de terceros, que al darse cuenta las cosas no iban bien entre nosotros nos apoyaron para que siguieras a mi lado y así intentáramos seguir por el mismo camino.

Durante las siguientes semanas permaneciste a mi lado, en raras ocasiones te alejabas por ratos esporádicos pero siempre regresabas. En esos días pasábamos muchos momentos de cercanía, de intimidad, de afección y felicidad comparados con los de angustia, hasta tal punto que di por hecho que estarías conmigo para siempre, Más luego sentí cierta indiferencia. Había olvidado que lo que nos unía no era eterno, y que aún existía la posibilidad que te marcharas, pero en aquel idilio que quizás solo existía en mi cabeza me aferraba más a ti, no quería nada en esta vida si no era para disfrutarlo junto a ti, por lo que cambie de casa y de vida tan solo para que no pensaras en marcharte.

Con aquel cambio de vida hubo un resurgir en nuestra relación, la cercanía, el deseo, la esperanza, el amor y todo lo demás que nos unía volvieron a florecer, parecía que la primavera resurgía entre tú y yo,  que volvíamos a ser solo uno, que eras mi complemento perfecto, mi consejera, mi amiga, mi aliada, mi todo, hasta el día en que volvió atrás el cambio, en que volví a ser lo que en esencia era y allí me demostraste que tu compañía estaba condicionada.

Y  fue cuando comenzó la verdadera inestabilidad en nuestra relación. Parecías estar a mi lado pero ausente, y ya no por ratos esporádicos, sino por días hasta semanas.  Sin saber qué hacer y buscando la manera de no perderte, volví a hacer cambios en mi para ver si con aquello era suficiente y parecía que si, por unos meses más pensaba que lo sería, aunque el vaivén entre nosotros se mantenían, pero luego, sin esperarlo ni preverlo, mientras me empeñaba en seguir conservándote a costa de pequeños cambios,  aquello que nos unía comenzó a derrumbarse, de tal forma que te alejabas y por más que intentaba estar a tu lado más te desvanecías en la distancia, tal cual como si cayera por un barranco de tierra y piedras sueltas, donde por más esfuerzos que hacía por volver a la cima  terminaba deslizándome más y más hacia un precipicio.

Una noche de verano mientras dormía contigo entre mis brazos sigilosamente te levantaste sin que pudiera sentir movimiento alguno, sin que pudiera percibir el instante exacto en que te marchabas saliste de la habitación, llegaste a la sala, atravesaste la puerta de la casa y te fuiste por la calle sin mirar atrás, sin coger tus cosas, sin siquiera decir un hasta luego y mucho menos un adiós.

Ya he perdido la cuenta de cuanto hace de aquel día, mientras tanto,  de lo único que tengo certeza es que estoy aquí tendido en la misma cama en donde me dejaste, esperándote, deseándote, añorándote, extrañándote, anhelándote, y es cuando me doy cuenta de cuanta falta me haces.

Aquel día cuando te fuiste, te llevaste contigo todos mis sueños, mis esperanzas, mis ilusiones, mis deseos, mis ganas de amar, vivir y soñar, en fin, te llevaste toda mi vida, todo mi ser. ¡Oh cordura mía, no soy nada sin ti!

1 comentario: