Era sábado por la
tarde, creo que mediados de 1991, me encontraba en la habitación que
tenia de oficina realizando unos trabajos de contabilidad, sin nadie a la
espera escuché el timbre, hice caso omiso pues lo más probable sería algún
vendedor ambulante, aunque la hora y el día lo hacía un poco difícil, un minuto
más tarde volví a escuchar otro timbrazo, me levanté más por curiosidad que por
cortesía y caminé hacia la puerta. Observé por la mirilla y al ver una señora mayor
decidí abrir.
-Hola. ¿En qué le puedo
ayudar?
-¡Buenas Tardes! ¡Te vendo
la oportunidad de soñar!
-¿Perdone? –Respondí.
-Te ofrezco la oportunidad
de soñar y ser feliz.
-No señora, no estoy
interesado.
-Solo me regalaras un día
de tu vida por cada sueño y tendrás momentos memorables.
-Que no me interesa –volví
a decir en un tono más fuerte.
-Hijo mío, te ofrezco una
oportunidad única que nunca más se te ofrecerá.
-No señora, no es necesario
y por favor retírese que estoy muy ocupado. –Le dije cerrando la puerta.
Volví a mi oficina entre
libretas y números, no me había bien sentado cuando otra vez sonaba el timbre:
-Señora, que no estoy
interesado le he dicho. –Dije mientras abría.
-De cualquier manera te
dejo una muestra gratis y sin ningún compromiso. –Dijo sacando una
piedra brillante semitransparente, con una tonalidad azul.
-No me interesa nada,
váyase de una vez y no me moleste más–respondí golpeando la puerta.
Apenas me giré para volver
a la habitación escuché dos golpes en la puerta. Me devolví para decirle a
aquella señora que se alejara o llamaría a la policía, pero cuando abrí ya no
estaba. Sobre la alfombra dejó una
pequeña caja de cartón de dos tapas y color crema. La abrí y allí estaba la piedra
que me había mostrado. Salí a la calle con la caja en la mano para devolvérsela
pero no la encontré.
Tomé el paquete y lo
dejé fuera al lado de la entrada, así si pasase la señora y se arrepentía lo
tomaría sin tener que molestarme. Volví a la tranquila soledad de mi trabajo,
tras unas cuantas horas sin ninguna interrupción y casi muerto del cansancio di
por terminada la jornada con la curiosidad de saber si la caja aún estaba en la entrada. Abrí la puerta y allí seguía. Pensaba que la señora ya no
volvería más al menos por aquel día así que por curiosidad volví a abrir la
caja y esta vez tomé la piedra. Se
sentía agradable al tacto, fría y suave, pero lo que más llamaba la atención
era su color azul semitransparente.
Me quedé en el salón,
encendí el televisor y me senté sobre el sofá mientras mantenía la roca entre mis dedos como si jugase con
ella. Tan cansado estaba que sin darme cuenta me quedé dormido, pero esta vez
era diferente a todas las veces que caía en el sofá, al parecer dormía y era
activamente consciente.
Podía verme en el barrio en
que crecí jugando a la pelota con la pandilla, pero no solo me veía jugando,
sino que vivía cada segundo, como si estuviese allí en tiempo real, las pausas
en el juego, las anotaciones, las bromas, y todo era tan autentico que me
olvidé de mí en el sofá. Al finalizar el
partido fuimos al arroyo. La roca
inmensa en el centro del gran charco ya no estaba y ahora sí podíamos lanzarnos
desde lo alto. Tras horas y horas de
tiempo con la pandilla ya se hacía de noche y debíamos irnos a casa. Al entrar
por la puerta trasera estaba mi madre en la cocina, quien me recibía con alegría,
como si no me hubiese visto en todo el día y la comida sobre la mesa, cené solo,
pues ya todos habían terminado. Cuando mi plato estuvo vacío me fui al salón,
en donde me esperaban el abuelo y mis hermanos. El abuelo estaba sentado en una
mecedora y enfrente rodeándole mis hermanos, me incorporé a ellos para escuchar
las historias épicas que nos regalaba el abuelo hasta caer rendidos por el
sueño.
Volví a mi verdadera realidad
sentado sobre el sofá, estaba impactado por la experiencia, había tenido
innumerables sueños pero ninguno tan verídico y vívido como ese. Miré asombrado
la piedra, como a la espera de que me diese alguna respuesta, pero solo me
mostraba su brillo azul que iba perdiendo parte de su esplendor. Me levanté, la puse dentro de la caja y la
dejé en la repisa, ya era bastante tarde y había tenido suficiente, así que me
di un baño y me fui a la cama, pero por más que trataba no lograba conciliar el
sueño, el insomnio me mantenía en vilo junto a con los recuerdos de la
experiencia previa más la inquietud del misterio que había detrás.
Duré un par de horas dando
vueltas en la cama cavilando sobre el asunto, pero ya no aguantaba más, por lo que
me levanté, fui a la repisa, tomé el paquete y lo llevé a la mesita de noche
indeciso sobre qué hacer. Ya sin pensar mucho, me acosté y extendí la mano para
destapar la caja y tomar la piedra. A diferencia de la ocasión anterior esta
vez solo la sostenía en la palma de la mano mientras apretaba fuertemente.
Ahora me veía en un parque
que aunque no podía identificar me resultaba familiar, era primavera y estaba
sentado en una banqueta próximo a un lago, como si esperase a alguien, mientras
tanto, me entretenía arrojando migajas a
las palomas. Detrás de mí apareció Mayte, me levanté, le di un fuerte abrazo
que hasta la levanté del piso y le estampé un beso que nos mantuvo en silencio
por un rato. Aparentemente no nos habíamos visto desde el día anterior, aunque
por la euforia cualquiera hubiera imaginado que habían pasado semanas, o quizás
meses desde la última vez que estuvimos juntos. Nos sentamos uno junto al otro
hasta que se terminaron las migajas y a la espera que los últimos rayos del sol
se vieran en el horizonte y a su vez el agua los reflejara hacia nuestras
pupilas. Cuando ya estaba totalmente oscuro nos recostamos sobre la grama,
mirando hacia arriba y disfrutando de aquel cielo sobrecargado de
estrellas que animaba a quedarse allí contemplándole por toda la eternidad.
Hacían años que no la veía
y estuvo allí conmigo, era demasiado; tan real como irreal había sido. El
primer sueño fue tan verídico, pero el de ahora lo sobrepasaba, Mayte estaba a
mi lado y para colmo a una edad en la que ya no vivía. Simplemente era
surrealista.
Sobresaltado me levanté, y
dejé sobre la mesa el pedazo de roca que ya lucia más pálido e iba perdiendo
color. Tenía que poner mis ideas en orden, salí de la habitación y me fui a la
cocina por una bebida caliente que me ayudase a refrescar los pensamientos,
pero seguía sin entender nada.
Ya sin la posibilidad de
encontrar respuesta, al menos por aquella noche, encendí la tele, pero todos
los canales estaban fuera del aire, así que me quedé con el ruido de fondo de
algún canal sin emisión y que sin dudas me ayudaría a conciliar el sueño, aún
no pudiera sacarme a Mayte de la cabeza.
Desperté ya de mañana
con el ruido de los dibujos animados de domingo y el calor de los rayos de sol
que se colaban por la ventana y me quemaban la piel. Me incorporé, tomé un
desayuno bien ligero y salí a mi acostumbrada caminata de domingo, mientras
daba vueltas a los acontecimientos del día anterior.
Regresé a casa al medio día
tomé una ducha y mientras me cambiaba observaba la piedra deseando volver a ver
a Mayte. Sin pensarlo me lancé sobre la cama piedra en mano a la espera de
volver a ver a verla.
Y volvía a verla. Debía ser
domingo porque era tarde y aún seguíamos en la cama. Dormía a mi lado aunque me
daba la espalda, podía sentir debajo de las sábanas el calor de su tibio
cuerpo. Me acerqué aún más y la abracé, se giró y le contemplé.
Regresé a mi soledad en la
cama, la piedra brillante era ahora un simple pedrusco inerte, pálido y sin
brillo alguno. Froté y froté sin conseguir sacar ningún sueño o brillo,
aparentemente mi muestra gratis había terminado.
Desde entonces han pasado
más de treinta años, todavía duermo con la roca pálida entre mis manos, la
señora que me regaló aquella condena seguro que no ya vive más aunque espero cada
tarde de sábado a que venga, igualmente voy pendiente por las calles con la
ilusión de encontrar alguna roca que me regrese a mi infancia, que me ayude a
recordar las cosas vividas, que me regrese a Mayte, y que me dé la oportunidad de ver cómo
nos añejamos juntos.
Excelente relato!!
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